EL HEREDERO 15-16 JOHANNA LINDSEY

 

 15

 

Cuando Ophelia llegó, Sabrina estaba fuera, disfrutando de su paseo diario. Por ese motivo, su amiga ya estaba deshaciendo el equipaje cuando ella regreso y se enteró de que tenía una huésped inesperada. Además venía sola, sin sus padres.

Hacía una semana que los Reid habían regresado a Londres. Hilary aún no tenía noticias de lady Mary y, por consiguiente, aún no sabían qué había sucedido en Summers Glade el día en que los habían echado a todos.

Sin embargo, sí sabían ‑era imposible mantenerse al margen porque todo el vecindario hablaba de ello aquellos días‑ que, a pesar de todo, el marqués de Birmingdale había decidido organizar una fiesta por todo lo alto.

Y se rumoreaba, según habían dicho los sirvientes, cuya información solía ser mucho más precisa que las murmuraciones de la alta sociedad, que el propósito del marqués era buscarle una nueva esposa a su nieto.

Aquello había sido una sorpresa, al menos para Sabrina. Aún no se acababa de creer que, por alguna razón, el joven escocés hubiera rechazado a Ophelia después de conocerla, que era lo que estaba en boca de todos. Todo había ido como Ophelia esperaba, pero aun así, Sabrina había estado convencida de que cuando los dos jóvenes se conocieran ambos seguirían adelante con el compromiso. En cambio, parecía que Duncan MacTavish estaba ahora buscando otra candidata y, con la amplia selección de señoritas sin compromiso invitadas a Summers Glade, seguro que no tardaría en encontrar una.

Sabrina y sus tías, naturalmente, no habían sido invitadas a la gran fiesta, sin duda porque el viejo rumor sobre su familia había resurgido y llegado incluso a oídos del marqués, si es que no lo recordaba de tiempos pasados. Uno evitaba los rumores a toda costa cuando pensaba en el matrimonio; no se casaba uno con un rumor.


Desde el día anterior, Summers Glade había empezado a llenarse con la crème de la crème inglesa. Ya habían llegado más de un centenar de invitados, incluyendo algunos de los que habían sido expulsados la semana anterior. A fin de cuentas, en todas partes se decía que iba a ser la fiesta del año y nadie quería perdérsela.

Eso se debía en parte a que muchos aristócratas londinenses tenían tanta curiosidad como los vecinos de lord Neville por conocer a aquel solitario individuo. Otros opinaban que no se le podía decir que no a un marqués, fuera cual fuese la razón. Una condesa había incluso cancelado su propio baile para poder acudir a Yorkshire.

Ese mero hecho había bastado para que las invitaciones fueran muy codiciadas, en cuanto se corrió la voz.

Hilary y Alice tuvieron un chasco cuando supieron que Sabrina no estaba invitada e incluso riñeron por eso. No porque pensaran que el futuro marqués fuera a fijarse en ella, sino porque todos los demás jóvenes sin compromiso acudirían sin duda a una fiesta de aquellas dimensiones. También Sabrina se desilusionó, pero no por esa razón: lamentaba perder la ocasión de volver a ver a Duncan MacTavish, después de lo grato que había resultado su primer encuentro.

Pero allí estaba Ophelia, otra vez en Yorkshire, y lo más probable es que a ella tampoco la hubieran invitado a Summers Glade.

Cuando Sabrina se recobró de su sorpresa, no pudo evitar preguntarse por qué había venido, y eso fue lo que intentó averiguar, aunque sin ir directamente al grano, una vez que hubo saludado a Ophelia en la habitación donde iba a alojarse.

‑Pensaba que te alegrarías de volver a Londres, que es donde está toda la diversión ‑dijo Sabrina.

Ophelia espetó:

‑¿Cuando resulta que todo Londres está precisamente aquí?

Sabrina enarcó una ceja al notar el tono de su voz. Ophelia podía estar allí pero, por lo visto, en realidad no lo deseaba. Entonces, ¿por qué diablos había venido? A menos que…

‑Entonces, ¿te han invitado a Summers Glade? ¿Se han quedado sin habitaciones … ?

‑No seas obtusa ‑replicó Ophelia‑. Naturalmente que no lo han hecho. He venido para esconderme, por si te interesa saberlo, y ver qué puedo hacer para rectificar esta horrible situación.

Sabrina tenía dificultades para seguirle el hilo.

‑¿Esconderte de quién? ¿De tus padres? ¿No saben que has venido?

‑Te lo juro, Sabrina, tu torpeza resulta desquiciante ‑dijo Ophelia con crueldad‑. A mis padres les da igual adónde vaya. Están enfadadísimos conmigo en estos momentos. Mi padre incluso me dio un cachete. ¿Puedes creértelo? ¡Me dio un cachete a mí! Jamás se lo perdonaré.

‑Entonces, ¿te estás escondiendo de ellos?

Ophelia se echó en la cama suspirando sonoramente, dando a entender que ya se había hartado de dar explicaciones a personas que no tenían suficientes luces como para entenderlas. Sabrina no se ofendió. Ya había presenciado bastantes escenas de su amiga como para no impresionarse, aunque se atrevería a decir que esta vez Ophelia no estaba fingiendo. Parecía molesta de verdad.

Sabrina prefirió no hacer más comentarios. El silencio surtía un efecto sorprendente en Ophelia.

La mayoría de las veces, la incitaba a ir al grano sin necesidad de seguir sonsacándola cuando, de otra forma, continuaría dando más y más rodeos hasta tener a su interlocutor a punto de expirar de curiosidad, o de exasperación.

Esta vez no fue distinto. Al cabo de unos instantes, Ophelia musitó algo para sus adentros y se incorporó en la cama, mirando a Sabrina con furia, como si todo fuera culpa suya ‑fuera lo que fuese‑, aunque enseguida aclaró de qué se trataba.

‑Estoy perdida ‑dijo. Luego, elevando el tono hasta convertirlo en un gemido, añadió‑: ¡Doy lástima! ¡Lástima! ¿Te lo imaginas? No, por supuesto que no, porque, sencillamente, es inaudito.

Sabrina, con prudencia, dijo justo lo que su amiga esperaba oír:

‑No, no me lo imagino.

Ophelia asintió.

‑Pues así es. Hasta mis amigas íntimas han estado compadeciéndose de mí antes de venir a Summers Glade, invitación oficial en mano.

Con cautela, Sabrina preguntó:

‑Pero ¿por qué?

Ophelia volvió a montar en cólera, levantándose de la cama y dando varias vueltas a la habitación antes de responder:


‑Ese bruto escocés, ¡ahí tienes el porqué! Se suponía que ese estúpido estaría de acuerdo en que no nos convenía casarnos. Se suponía que iba a ser una decisión mutua por la que ninguno de los dos saldríamos perjudicado. En cambio, se enfurruñó por una insignificante crítica mía y les dijo a todos que no me aceptaba. Ahora todo el mundo, madres incluidas, saben que me ha dejado plantada en el altar.

‑Pero tú no has ido al altar ‑observó Sabrina con mucha calma.

Aquello le valió otra mirada que venía a decir con suma claridad: «Idiota, ¿qué diferencia hay?», pero en voz alta, lo que Ophelia dijo fue:

‑¿Es que aún no lo entiendes? Tenían que felicitarme por haberme librado de un matrimonio infernal. En cambio, estoy en boca de todos. Como fue él quien rompió el compromiso, ahora todos piensan que debo de tener algo malo. Al fin y al cabo, ¿por qué iba a rechazarme si no?

En este punto, Sabrina suspiró.

‑Entonces, creo que no lo entiendo. Habría jurado que tú esperabas que él rompiera el compromiso.

 

‑¡Él no! Se suponía que debían hacerlo mis padres, puesto que habían sido ellos quienes lo habían pactado. Él tenía que beber los vientos por mí hasta el final, le dijera lo que le dijese. Pero es demasiado bruto para saber que debería haber actuado de una forma más caballerosa. Y ahora no me atrevo a aparecer en público hasta que todo esto se olvide, o él rectifique.

Bueno, aquello explicaba al fin por qué Ophelia quería esconderse. Sin embargo, Sabrina no podía imaginar cómo iba Duncan a rectificar en favor de Ophelia, a menos que se tratara de ofrecer un motivo para romper el compromiso que la dejara en mejor posición.

‑¿Qué le dijiste que lo impulsó a rechazarte?

‑Ya te lo he dicho. No fue más que un comentario sin importancia que él se tomó demasiado a pecho. Admito que fue poco considerado por mi parte, pero lo cierto es que yo estaba muy confusa cuando apareció con aquel atuendo tan tosco, lo cual sirvió para confirmarme que él era tal y como yo me temía. Si hubiese ido vestido de un modo normal, no me habría sorprendido tanto y ese primer encuentro habría sido muy distinto.

Sabrina tuvo que mostrarse de acuerdo. ¿Acaso no había ella creído que la pareja aceptaría de buen grado su compromiso en cuanto se vieran? Pero, a estas alturas, ya conocía a Ophelia lo bastante como para saber que estaba haciendo demasiado hincapié en su inocencia, y se preguntaba por qué.

‑Entonces, ¿vas a quedarte con nosotras hasta que la gente deje de murmurar?

‑Dios santo, no. Eso podría durar una eternidad. No, esto vamos a arreglarlo nosotras.

Sabrina parpadeó.

‑¿Nosotras?

‑Sí. ‑Ophelia asintió‑. Es lo menos que puedes hacer por mí, dado que yo te acogí en Londres y te ayudé a introducirte en mi círculo. Ahora, tú tienes que ayudarme con esto.

‑Bueno, desde luego… si puedo.

‑Sí que puedes ‑le aseguró Ophelia‑. Y no tendrás que hacer mucho. Basta con que organices una cita.

‑¿Una cita con quién?

‑Con mi ex prometido, naturalmente. Vamos a conseguir que vuelva a pedirme que me case con él. Entonces, parecerá que la causa de la ruptura no fue más que una absurda riña entre dos enamorados, lo cual será muy aceptable y pondrá fin a las habladurías.



16

 

 

 

‑Te presentas en la puerta y ya está.

Sabrina estaba tan horrorizada con el último ardid de Ophelia, y en particular con su intención de implicarla a ella, que apenas era capaz de pensar con claridad. E incluso encontraba francamente repugnantes las sugerencias de su amiga sobre cómo ponerlo en práctica.

‑Yo no he recibido más invitación que la tuya, Ophelia ‑le recordó.

‑Pero eres vecina suya. Los vecinos no necesitan invitación para hacer una visita.

‑Durante una fiesta sí.

Ophelia restó importancia al asunto con un ademán.

‑Eso no importa. Y, además, tú no quieres entrar en la casa, donde alguno de los invitados podría oírte. No, tú quieres que él salga fuera, donde podréis hablar en privado.

Por una parte, Sabrina encontraba muy tentadora la perspectiva de hablar a solas con Duncan MacTavish. Pero, por otra, sabía que era incorrecto, del todo incorrecto, visitar a un vecino cuando se sabe que está celebrando una fiesta a la que tú no has sido invitada. Era una grosería. Algo que, sencillamente, no se hacía.

Y el tema que tenía que abordar también sería embarazoso en extremo. No tenía ni idea de cómo hacer de alcahueta y eso era, a fin de cuentas, lo que le estaba pidiendo Ophelia.

Además, aparte de todo, Duncan le gustaba. Así pues, ¿deseaba en realidad verlo casado con una mujer como Ophelia, que maquinaba y divulgaba rumores sobre las personas, fueran o no ciertos? Como Duncan le gustaba y Sabrina sabía que con él no tenía ninguna oportunidad, querría verlo casado con alguien que fuera tan hermosa como Ophelia pero que, a ser posible, tuviera más fortaleza moral y honor que ella.

Por consiguiente, Sabrina no quería ayudar a Ophelia. Pero tampoco podía negarse en redondo, ya que Ophelia la había acogido en Londres. En ese sentido, estaba en deuda con ella. Pero, antes de acceder, quería dejar clara una cosa.

‑¿Ahora quieres casarte con él o esto es solo una forma de poner fin a las habladurías sobre ti?

La pregunta pareció sorprender a Ophelia. Y el tiempo que se tomó para contestarla no le dio buena espina a Sabrina.

No obstante, dijo al fin

‑Por supuesto que sí. Ya te lo he dicho. Si me hubiera fijado en él cuando le conocí, en lugar de ver la absurda falda que llevaba puesta, ahora nada de esto sería necesario. Es muy apuesto, después de todo, de lo cual me percaté cuando ya era demasiado tarde.

‑Siempre existió la posibilidad de que pudiera ser apuesto ‑señaló Sabrina.

‑En realidad no ‑la contradijo Ophelia, y sacudió la cabeza para enfatizar sus palabras‑. Mi madre conoció a lord Neville hace muchos años, cuando ella vivía aquí, y me confesó que era bastante corriente, lo cual no hacía pensar que su nieto fuera a ser más apuesto que él. Es irónico que la parte escocesa de Duncan, a la que yo ponía reparos, o como mínimo los ponía a que fuera de tan al norte, que como es bien sabido sigue estando incivilizado, sea a la que debe su apostura.

Sabrina tuvo que aceptar aquel razonamiento, no que el norte e Escocia fuera incivilizado, porque a fin de cuentas, ¿quién sabía cómo eran sus habitantes cuando los ingleses rara vez llegaban hasta allí? No. Aceptó aquel razonamiento solo porque sabía que las personas se enamoraban basándose en la mutua atracción, y si ahora Ophelia se sentía atraída por Duncan, tal vez eso bastaría para convertirla en una buena esposa. La muchacha había maquinado y mentido porque estaba desesperada y se había sentido atrapada, pero ahora se daba cuenta de que sus esfuerzos habían sido en vano, porque, después de todo, le complacía su prometido, o ex prometido en aquellos momentos.

Así pues, Sabrina se encontró dirigiéndose a Summers Glade aquella tarde, aunque habría preferido ir en sentido contrario. No deseaba hacer aquello bajo ningún concepto, no solo porque Duncan le gustaba y en cambio sobre Ophelia tenía sus dudas, ahora que la conocía mejor, sino porque hacer de alcahueta no era algo habitual en ella. ¿Habitual? Lo cierto es que no lo había hecho nunca. Intentar unir a dos personas era entrometerte en su vida. Podían acabar siendo un matrimonio desastroso del cual ella sería la única responsable.

Pero intentó verlo como un favor; no, como una forma de saldar una deuda. Y cuanto antes terminara, antes dejaría de revolvérsele el estómago.

 

 

 

Por los suelos. Así es como empezó a sentirse Duncan en cuanto los invitados de Neville comenzaron a llegar a Summers Glade. Ya había tenido bastante durante los preparativos de la fiesta, viéndose obligado a soportar las riñas de sus dos abuelos. Estaba convencido de que, si hubieran sido más jóvenes, habrían llegado a las manos, tan en desacuerdo estaban sobre casi todo.

Pero en cuanto aparecieron los invitados, Archie lo condujo de una estancia a otra para señalarle los atributos físicos de todas las muchachas con las que se topaban. Luego, Nev1lle se lo llevó a rastras para informarle sobre la historia familiar de todas ellas e indicarle cuáles eran socialmente más deseables. Al final, se había visto obligado a decir basta. Había demasiadas muchachas para que él pudiera asimilar toda la información que ambos le daban. Y ahora, los dos ancianos le enviaban notas y el mayordomo, que era quien se las entregaba, se estaba poniendo tan nervioso como él.

Tuvo que preguntarse dónde había ido a parar la vieja y sabia filosofía de enamorarse y casarse que tan bien le funcionaba a los demás. Casarse únicamente porque esta muchacha era la más bella o aquella otra tenía más títulos nobiliarios no iba con él.

Ya había visto a la más hermosa y por lo tanto sabía por experiencia que la más guapa no era la más indicada. Archie insistía en que todas no podían ser tan insensatas como Ophelia Reid y seguía dando más importancia a la belleza que a las credenciales. Neville pensaba que la belleza a menudo iba asociada a un exceso de vanidad y a un desmesurado orgullo, por lo cual insistía en la posición social de las posibles candidatas. Duncan opinaba que solo discrepaban para poder llevarse la contraria.


Sin embargo, debía admitir que tenía mucho donde elegir. Puesto que había accedido a casarse ‑en un arrebato de locura, sin duda‑, si no podía encontrar una muchacha de su agrado entre las cincuenta más o menos que habían sido invitadas, eso indicaría que en realidad no lo estaba intentando. Durante el día que fueron llegando los invitados, y hasta la mañana siguiente, se encontró buscando sin descanso un par de ojos violetas, pero no los encontró.

No es que pensara que aquella muchacha pudiera ser una posible candidata. Sencillamente, se había sentido muy a gusto con ella y tenía ganas de oír su amena conversación, que había conseguido levantarle el ánimo el día en que la conoció. Ahora sin duda volvía a necesitar que lo animaran.

Cuando empezó a preguntarse por qué no había aparecido, ya que al parecer era vecina de Neville, dado que estaba paseando por los alrededores ‑¿y quién mejor que tus vecinos para invitarlos a una fiesta?‑, decidió preguntárselo a su abuelo.

Era la primera vez que iba en busca del anciano desde su llegada. Habían hablado, desde luego, en las comidas y al cruzarse, con la afectación con que conversan dos extraños, que era lo que continuaban siendo. Pero Duncan seguía sin sentirse cómodo en presencia de Neville y su amargura se acentuaba cada vez que lo veía, por lo cual intentaba evitarlo siempre que podía.

Encontró a Neville después del almuerzo, sentado en su salón privado. Parecía como si el anciano se ocultara en el piso de arriba durante gran parte del día. Hacía acto de presencia en las comidas y unas pocas horas todas las tardes, pero, aparte de eso, dejaba a sus invitados abandonados a su suerte.

Demasiados años sin compañía, supuso Duncan, podían convertir una fiesta de aquella envergadura en un evento muy intimidatorio o, más bien, muy poco atractivo. Neville no era de los que se dejaran intimidar, aunque, a su edad, tampoco él intimidaba, al menos no a su nieto. En cambio, sí era de los que amaba la soledad, de ahí el calificativo de «solitario» que Duncan había oído asociado al nombre de Neville en más de una ocasión.

No tenía intención de molestar al anciano durante mucho rato y, de hecho, fue directo al grano al preguntarle por su vecina de ojos violetas.

Después de parpadear varias veces, lo cual indicaba que, al llamar a la puerta, Duncan había sorprendido a Neville echando una cabezadita después de comer, el marqués afirmó:

 

‑No hay ninguna joven noble en los alrededores, es decir, ninguna que te convenga, o yo la habría invitado, puesto que ella, como mínimo, no tendría que alojarse aquí, sino que podría ir y venir. Porque lo que es aquí nos estamos quedando sin habitaciones.

Duncan descartó la posibilidad de que la muchacha perteneciera al pueblo llano ‑hablaba con educación y no se había mostrado nerviosa al tratar con un lord, como solía ocurrir con la gente de clase trabajadora‑, por lo cual insistió:

‑Ella es noble.

‑Entonces, tal vez estuviera de visita. Es posible que fuera una de esas necias que vinieron con Ophelia y tuvieron que dar media vuelta. ¿Ojos violetas dices? ‑Neville sacudió la cabeza‑. No conozco a nadie con unos ojos así. Pero si la muchacha te gusta, investigaré y averiguaré quién es.

Duncan negó con la cabeza.

‑Solo me gusta su compañía. Me hizo reír, y en aquel momento lo necesitaba como el comer.

Duncan había hecho aquel comentario sin pensar, no de forma deliberada, y ahora los dos se sintieron violentos. Suspirando por no haberse mordido la lengua; si quería soltarle una indirecta a alguien, debería, al menos hacerlo de forma intencionada. Duncan regresó abajo.

Sin embargo, le desilusionó que la muchacha no acudiera como él había creído, por lo cual no tuvo prisa en unirse a los invitados en una de las muchas estancias por las que se repartían y, al oír que llamaban a la puerta, aprovechó la oportunidad para hacer tiempo yendo a abrir personalmente. El mayordomo, ausente en aquel momento, estaba sin duda buscándolo para entregarle otra nota. Pensarlo casi le divirtió.

Sin embargo, deseó haberse incorporado a la fiesta cuando el joven que aguardaba al otro lado de la puerta lo miró con grosería de arriba abajo y luego exclamó:

‑Bien, bien. Usted debe de ser el bruto… Con ese pelo, sí, tiene que serlo. No esperaba conocerlo tan pronto. Lo han puesto a abrir puertas, ¿no?

Duncan, mientras intentaba descifrar el marcado acento inglés de su interlocutor, sin demasiado éxito, se quedó con una palabra que ya había oído demasiadas veces desde su llegada a Inglaterra. Y tal y como se sentía entonces, aún turbado por su conversación con Neville, le habría resultado fácil llegar a las manos.

‑Me está llamando bruto, ¿no?

‑¿Yo? jamás haría nada semejante. Brutalmente apuesto, tal vez. Pero, no, no, eso es lo que se rumorea, ¿no lo sabe? Aunque, tal vez no lo sepa. Lleva usted semanas en boca de todos.

Duncan decidió que lo que estaba oyendo podría haber sido una lengua extranjera desconocida, aunque captó la frase «en boca de todos» y quiso aclararla.

‑¿A qué se refiere con «en boca de todos»?

‑Es usted el tema de todas las conversaciones ‑le aclaró aquel individuo‑. Sé de buena tinta (aunque, ¿puede decirse eso cuando se trata de rumores?) que vuestra prometida, bueno, ex prometida, fue la primera en difundir los rumores.

Aquella no era la primera vez que Duncan oía decir que corrían rumores sobre él. ¿No había dicho algo la muchacha de la loma sobre haber «oído» que era un bruto? Con ella, no obstante, había sido incapaz de ofenderse. Pero con aquel individuo, era casi imposible no hacerlo.

De su misma estatura, aunque no tan ancho de espaldas, aquel hombre tenía una constitución atlética. Con la capa de viaje dejada caer sobre los hombros y vestido de forma impecable, a pesar del viaje, lo cual solía arrugar hasta el mejor de los tejidos, tenía una figura imponente. Rubio ‑Duncan estaba empezando a pensar que todos en Inglaterra lo eran‑, con los ojos azules y de unos veinticinco años de edad, tenía un indiscutible aire de superioridad.

A Duncan le habría dado igual que perteneciera a la realeza. Seguían sin gustarle los modales de aquel individuo y en un tono lo más sereno posible ‑aunque quienes lo conocían lo calificarían de amenazador‑, preguntó:

‑¿Qué se dice exactamente de mí, si a usted no le importa contármelo?

‑Sandeces que cualquiera con dos dedos de frente desecharía, pero ya sabe usted qué ridículas pueden ser algunas mujeres. Fíjese en mi hermana, por ejemplo.

El individuo señaló con la cabeza una muchacha que tenía el cabello tan rubio como él. Estaba dando instrucciones a cuatro sirvientes para que descargaran no menos de seis grandes baúles del carruaje apostado cerca de allí. Era muy hermosa, no obstante.

 

En cuanto Duncan reparó en su belleza, el individuo añadió:

‑Tuve que traerla a rastras. La tonta no está segura de si usted va a aparecer en la cena con una cachiporra y vestido con pieles de oveja. Mandy se toma las habladurías al pie de la letra, cuando deberían interpretarse como lo que son: meras invenciones destinadas a romper el inevitable tedio de una clase que no se gana el pan con el sudor de su frente.

‑¿Por qué ha venido, si no quería hacerlo?

‑¿Y perderse la oportunidad de conocer al solitario Neville Thackeray? Ni pensarlo. Hace años que se especula sobre él y casi todas las personas que conozco ni siquiera le han visto. Además, mi hermanita está soltera y sin compromiso, por lo que mis padres han insistido en que no deje pasar la oportunidad de lucirse en una fiesta por todo lo alto como promete ser esta. No esperan que usted en concreto se fije en ella, estimado joven. Es solo que la quieren circulando mientras no encuentre esposo, y aquí hay mucho material, ¿no cree?

Ahora Duncan estaba empezando a entender mejor sus palabras y a desear no hacerlo. Aquel «estimado joven» le había parecido particularmente condescendiente, lo suficiente para comentar:

‑Por si no se ha dado cuenta, yo no soy del todo un «joven» y, desde luego, nadie «estimado» para usted, que acaba de conocerme. He tumbado a muchos hombres por menos que eso.

‑¿Ah, sí?

El individuo dijo aquello en tono flemático, pero luego empezó a reírse y, al cabo de poco, estaba haciéndolo a carcajadas. Cuando se calmó, el inglés prosiguió:

‑Un consejo, amigo mío. Aprenda a distinguir entre un insulto deliberado y lo que es, o al menos esa es su intención, una forma afectada de expresarse. Le ahorrará muchos quebraderos de cabeza, se lo aseguro, y también salvará unas cuantas narices inocentes.

Sentir que hacía el ridículo nunca había sido del agrado de Duncan, que solía montar en cólera, y aquella vez no fue distinto.

‑Su nariz aún corre peligro, señor. ¿Quién es usted?

Sonriendo, y a todas luces negándose a tomar en serio la amenaza de Duncan, el ingles respondió:

‑Tengo unos cuantos títulos, pero lo cierto es que me parece deplorable recitarlos. Llámeme Rafe, «viejo amigo».

Aquella última broma le llevó a cerrarle la puerta en las narices a uno de los lores jóvenes más codiciados del reino, heredero de un ducado, rico en demasía, el mejor partido de Londres y el sueño hecho realidad de toda anfitriona. Y, aun así, le habían cerrado la puerta en las narices.

Duncan tampoco se habría dejado impresionar si hubiera sabido todo aquello. Esperaba que su primer encuentro fuera el último. No obstante, iban a convertirse en grandes amigos. Aunque todavía no lo sabían.

Anuncios

3 comentarios en “EL HEREDERO 15-16 JOHANNA LINDSEY

  1. HOLA CORAZON AQUÍ TE DEJO  LO QUE SIGNIFICAS PARA MI EN FORMA DE ABECEDARIO.
     
    ACOGEDOR/A
    BONDADOS@
    CALID@
    DULCE
    EFUSIV@
    FIEL
    GENTIL
    HERMOS@
    IDILIC@
    JUBILOS@
    LIND@
    MAGIC@
    NOBLE
    OPTIM@
    PRIMOROS@
    QUIETUD
    RADIANTE
    SINCER@
    TIERN@
    UNIC@
    VALIOS@
    ZALAMER@
     
    FELIZ FIN DE SEMANA Y YA SABES NO SE TE OLVIDE PASAR POR MI ESPACIO  EL MIERCOLES 25 DE ABRIL QUE TE TENGO UNA SORPRESA POR MI CUMPLE, TE ADORO, MIL BESOS ESPE

  2. Hola niña,
     
    que tal la semana santa pasada por agua?? Joooeeeee (como dice Burbu) que manera de llover….!!! Ya va bien que recupere tooodo lo que no ha llovido estos meses, pero tiene que ser ahora??!! Aixxxxx
    Cuando acabe de Midas me voy pitando a Mataró, así que a las 19 h empiezo mis tan deseadas mini vacaciones (el sábado me han dado fiesta en el Rallye). Todos los planes que tenía se me han ido al traste con este tiempo (ya sabes que todo lo que sea al aire libre me da vida) así que tendré que rehacer la agenda y empezar a mirar teatros y cosas así. Bufffff con lo que necesitaba que me diera el aire en la montaña o la playa!!!
    Dicen que para el fin de semana hara sol por la costa de Gerona, así que cruzaremos los dedos y si es así, me voy pitando para Calella de Palafrugell a hacer un caminito de ronda y meterme un buen pescadito en el Tragamar, solo de pensarlo ya se me hace la boca agua!!
    Bueno niña, espero que puedas relajarte estos días y disfrutarlos!
    Adeusiauuu Marramiauuuuu

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s