EL HEREDERO-JOHANNA LINDSEY (13-14)

13

 

 

 

Duncan se había marchado, dejando a Sabrina en la loma, aunque no podía saber que ella iba en su misma dirección. Y Sabrina no tenía ninguna prisa por volver, sino más bien al contrario. Había vuelto a sentarse y había perdido por completo la noción del tiempo mientras recordaba todas las cosas que él le había dicho, almacenándolas para siempre en su memoria.

Qué tarde tan emocionante, la más emocionante que recordaba haber tenido nunca, aunque hasta entonces jamás había estado ni hablado con un hombre tan apuesto como aquel. Y tan complicado. Se había mostrado reacio a sonreír y a reírse con ella. Sabrina había tenido que esforzarse más que de costumbre para conseguirlo. Y se preguntaba, después de que él se hubiera marchado, qué podía preocuparlo tanto como para ponerlo de tan mal humor.

Sin embargo, él sonreía cuando se marchó y eso la complacía lo indecible, porque él le gustaba. Normalmente, Sabrina no emitía juicios como aquel con tanta rapidez, pero, en aquel caso, era casi imposible no hacerlo: su voz, su sonrisa, su sentido del humor cuando se dejaba llevar y, naturalmente, su aspecto. Él le había trastornado los sentidos en una miríada de formas, pero aun así Sabrina había disfrutado de todos los instantes que había pasado en su compañía.

Pero Sabrina no se hacía ilusiones. Un hombre como aquel no era para muchachas como ella, era para las Ophelias del mundo. Era una lástima, una verdadera lástima, que así fuera, pero había que resignarse. Los guapos para los guapos y para ella un hombre agradable de aspecto corriente, inteligente, con recursos, amable, alguien a quien le gustara caminar con ella y reírse, y sentarse en una colina para contemplar juntos la puesta de sol…

Oh, caramba, el sol ya estaba a punto de ponerse. ¿Dónde se había ido el tiempo?

Sabrina se puso en pie de un salto y corrió durante gran parte del camino hasta Summers Glade. Entró en la casa por la parte de atrás, para que la gente no la viera tan desaliñada y, tras encontrar la escalera del servicio, subió a su habitación. Su tía Alice estaba allí, así que no iba a pasar completamente desapercibida. Pero Alice había estado aguardándola impaciente ‑haciéndole el equipaje‑, por lo cual apenas le dedicó más que una breve mirada antes de meter otro vestido en la maleta abierta sobre la cama.

Se ahorró el interrogatorio:

‑¿Dónde diablos estabas? Tendríamos que habernos marchado hace horas, con todos los demás.

‑¿Todos los demás? ¿Así que, después de todo, a lord Neville no le ha gustado que Londres viniera a él?

Alice chasqueó la lengua.

‑Le gustara o no, estaba de acuerdo en organizar una fiesta y, luego. de repente, ya no lo estaba. Aunque, ¿qué cabe espetar de un viejo necio y senil como él? Nosotras estábamos preparándonos para bajar al salón, cuando su ama de llaves ha venido a pedirnos que nos marcháramos. A la pobre todo esto le resulta también bastante embarazoso.

Sabrina se puso a ayudar a su tía con el equipaje.

‑No puedes culpar a lord Neville, esta reunión no había sido idea suya. Sin duda, cree que Ophelia y su prometido necesitan pasar tiempo solos, para conocerse…

‑Va a ser difícil, querida, cuando los Reid ya se han marchado a Londres.

‑¿Marchado? ‑Sabrina frunció el ceño‑. ¿Solo porque el marqués se ha negado a organizar una fiesta por todo lo alto? No creo que Ophelia haya montado una pataleta por eso, ¿verdad?

‑No tengo ni idea. Yo no los he visto antes de que se fueran. Hilary tal vez sí. Puedes preguntárselo a ella.

Sabrina lo hizo, mientras aguardaban en la entrada con el equipaje. El ama de llaves había mandado a buscar uno de los vehículos de lord Neville, puesto que ellas habían llegado con los Reid y no tenían medio de transporte.

‑Mary me ha dicho que me escribiría ‑respondió Hilary en contestación a la pregunta de Sabrina‑. Me ha dicho que estaba demasiado trastornada para hablar de ello ahora y, desde luego, la pobre lo parecía.

 

‑¿Y a Ophelia? ¿La has visto?

‑Sí ‑respondió Hilary y, luego, en su susurro, añadió‑: Y creo que su padre ha acabado castigándola por ser tan presuntuosa. Tenía una mejilla muy «sonrosada». No comulgo con los castigos físicos, pero a la hija de Mary le han permitido darse unos aires que habría que haber cortado de raíz hace mucho tiempo.

Sabrina no salía de su asombro.

‑¿Su padre le ha pegado?

Hilary asintió.

‑El manotazo que llevaba marcado en la mejilla así lo sugiere.

‑Pero no le pusieron objeciones cuando nos invitó a venir ‑señaló Sabrina.

‑Apenas habrían reparado en nosotras si hubiéramos sido las únicas, pero hoy han llegado cincuenta y seis personas, todas invitadas por Ophelia, como si fuera ya la marquesa y tuviera derecho a invitar a quien le viniera en gana. No es de extrañar que Neville dijera basta cuando al fin supo cuánta gente venía. Yo también lo habría hecho, no me importa decirlo, si resulta que los huéspedes que invito yo invitan a su vez a otras cincuenta y seis personas. Querida, esas no son maneras.

Por supuesto que no, y Ophelia no tenía ninguna duda al respecto. Pero Sabrina no les había contado a sus tías los esfuerzos de su amiga para sabotear su compromiso y deshacerse de su prometido. Hablar de ello la habría incomodado, puesto que ella no lo aprobaba, y además la madre de Ophelia era una buena amiga de Hilary.

Aquella última maquinación de Ophelia, lo de traerse a medio Londres a Summers Glade, tenía corno único objetivo enojar al marqués.

Aunque, por otra parte, eso había sido antes de conocer en persona a su prometido y, si ya lo había hecho, seguro que a estas alturas se estaría arrepintiendo.

Los planes de Ophelia, y su forma de llevarlos a cabo, eran muy complicados. Sabrina se alegraba de no formar parte de ellos. La habían educado para que fuera franca y directa. Urdir complicadas maquinaciones con la esperanza de que surtieran un efecto determinado no iba en absoluto con ella. Estar cerca de Ophelia no había sido nunca monótono, pero lo cierto es que Sabrina deseaba volver a tener un poco de monotonía en su vida.

Sin embargo, quería ver a Duncan MacTavish una vez más antes de marcharse de Summers Glade, puesto que con toda probabilidad ya no volvería a verlo después de aquel día, al menos no hasta la boda, a la que seguro que estarían invitadas. Ahora que Ophelia había regresado a Londres, también él iría allí. Pero, estuviera donde estuviese en aquella enorme casa, no sería cerca de la entrada, y ellas pronto estarían de regreso a casa.

 

 

14

 

 

 

Bueno, ¿dónde está? Debo admitir que me muero por conocer a la joven más hermosa de toda Inglaterra que usted ha encontrado para el muchacho.

Neville se tensó cuando el corpulento escocés irrumpió en el comedor, donde él estaba cenando a solas. El mayordomo de Neville, que llegó un instante después, lo miró torciendo el gesto, a modo de disculpa por no haberle podido advertir de aquella intrusión.

‑¿Archibald? ‑aventuró Neville.

‑Sí, ¿a quién iba usted a esperar si no?

‑Desde luego, a usted no ‑respondió Neville con desagrado‑. ¿Qué diablos está haciendo aquí?

El escocés se sentó frente a Neville y se quedó mirando al mayordomo, como si esperara que fuera a servirle, ahora que estaba allí. Pero a Neville le dijo:

‑No creería que iba a dejarle a usted toda la responsabilidad de asegurar que la boda se celebre en un plazo prudente, ¿no?

‑Duncan no mencionó que usted fuera a venir ‑señaló Neville.

Al oír aquello, Archie se echó a reír.

‑Tal vez se deba a que no lo sabía. El muchacho no se toma las cosas con calma, ya sabe. Cuando se propone algo, va a por ello. No es una mala cualidad, pero un viejo como yo ya no puede seguirle. Se habría impacientado sí yo le hubiese retrasado en su viaje hasta aquí, por lo que decidí partir después, a un ritmo más lento, sin decirle nada. Después de todo, la impaciencia lo enoja y usted no habría querido que él llegara aquí enojado, más de lo que ya estaba.

El tono con que Archibald había dicho las últimas palabras demostraban una clara suficiencia. Neville lo percibió y tuvo que contenerse para no rechinar los dientes.

‑Sí, lo cierto es que ha venido muy a disgusto. Me pregunto por qué.

Archibald bufó.

‑No me culpe a mí de eso. No fui yo quien decidió que debía crecer en un único hogar para tener estabilidad. Fueron usted y la madre del chico. Una decisión acertada, no crea, con la que yo estuve de acuerdo. Pero también podía haber venido a visitarlo, para que le conociera antes de hacerse mayor.

‑¿Después de que el primer viaje que hice hasta allí con ese propósito casi acabara con mi vida?

‑Oh, sí. Los ingleses son unos debiluchos que se arrugan cuando hace un poco de frío ‑dijo Archie disgustado, recordando el intento de Neville de aventurarse en las Tierras Altas de Escocia‑. Pero, por si él no se lo ha dicho, lo que tanto le molesta no es el hecho de no haberle conocido, sino que lo está sacando de su hogar para que viva entre desconocidos.

‑No tardaremos mucho en dejar de serlo.

‑Y que nadie le hubiera advertido de que usted le obligaría a vivir aquí.

Neville se ruborizó ligeramente, incapaz de rebatir aquella acusación, y dijo en su defensa:

‑Elizabeth debería habérselo dicho.

‑Sí, y sin duda lo habría hecho, si hubiera vivido lo suficiente, la pobrecilla.

‑Usted podría habérselo contado mucho antes y no ahora ‑añadió Neville‑. ¿Por qué no lo hizo?

Archie enarcó una ceja.

‑Yo esperaba que usted muriese antes de que él alcanzara la mayoría de edad, así no tendría que contarle nada.

Esta vez Neville se ruborizó hasta las orejas, pero de ira, no de turbación.

‑Siento decepcionarle, pero aun así habría sido el próximo marqués, independientemente de cuándo muriera yo.

‑¿No tiene ningún otro pariente, ni siquiera algún primo lejanísimo que se le haya olvidado?

‑Yo fui hijo único ‑dijo Neville con frialdad‑. Mi padre fue hijo único. Mi abuelo tenía dos hermanas, pero ambas murieron cuando eran niñas. Las generaciones anteriores tuvieron descendencia, pero no quedan supervivientes. Duncan es mi único heredero y aún no comprendo su insistencia en que no pueda ser también el suyo.

‑Entonces, ¿no le importaría que viviera todo el año en Escocia? ‑dijo Archie simulando sorpresa‑. Oh, vaya. Debería habérmelo dicho…

‑Naturalmente, no podría quedarse allí de forma permanente ‑lo interrumpió Neville con impaciencia‑. Aquí tendría obligaciones que…

‑Justo lo que yo pensaba ‑lo interrumpió Archie a su vez‑. Pero usted sabe que, durante la mayor parte del año, no es prudente adentrarse mucho en las Tierras Altas, incluso para los que habitan allí. Y, no obstante, ¿permitiría que el muchacho lo hiciera? ¿O está sugiriendo que sus obligaciones son aquí más importantes que en Escocia? ¿O tal vez esté sugiriendo que solo pase en casa, el único hogar que él conoce, unas cuantas semanas al año, durante nuestro corto verano?

‑No, lo que creo es que usted no tiene suficiente confianza en él como para permitirle que administre solo un imperio. Pero él lleva la sangre de los Thackeray en las venas. A diferencia de usted, yo tengo plena confianza en él.

‑Ese muchacho puede hacer lo que se proponga, sea lo que sea ‑dijo Archie casi a gritos‑. Solo que yo no quiero ver cómo se mata intentando abarcarlo todo, y usted está dispuesto a hacerlo.

‑En ese caso, discrepamos sobre lo que es capaz de hacer, o más bien, sobre el grado en que usted se lo permitirá. Esto ya empieza a parecer una de esas ridículas cartas que nos hemos escrito. Y no me sorprendería si usted discrepa y termina por contradecirse, solo para llevarme la contraria.

Archie se echó a reír.

‑En las Tierras Altas no criamos imbéciles.

‑Permítame que disienta: los imbéciles no se crían, nacen. Y pueden nacer en cualquier sitio. Que usted esté aquí sentado discutiendo conmigo en mi propia casa da fe de ello.

‑Así que ahora está usted llamándome imbécil. ‑Archie se rió divertido‑. A mí, en cambio, me parece que se lo está diciendo a sí mismo.

A lo cual Neville replicó con brusquedad:

‑Fuera de aquí, MacTavish.

‑Voy a quedarme hasta que el muchacho se case. Así que, cuanto antes nos aseguremos de que lo haga, antes se deshará usted de mí. ¿Cuándo es la boda, por cierto?

Neville renunció a su propósito de librarse de su antagonista, sabiendo igual que sabía Archie que a Duncan no le sentaría nada bien que aquel abuelo suyo no tuviera un buen recibimiento.

‑Yo sé lo mismo que usted, porque de momento no quiere casarse con nadie.

Archie se puso en pie con brusquedad, dando plena muestra de su temperamento escocés.

‑¿No la ha aceptado? juraría que me dijo que al menos estaba dispuesto a conocerla antes…

‑Y así fue.

Sacando una conclusión errónea, Archie miró a Neville con los ojos entornados.

‑Entonces, ¿no era tan hermosa con usted afirmaba?

‑Oh, definitivamente es la mujer más bella que he visto en m vida ‑respondió Neville.

Archie suspiró y volvió a sentarse, a todas luces desilusionado.

‑Confiaba en que el muchacho no permitiera que su enojo interfiriese en su propia felicidad, pero, por lo visto, necesita un poco más de tiempo para asimilar los cambios que le estamos imponiendo.

‑Eso no tiene nada que ver con que haya rechazado a la muchacha. Yo habría hecho lo mismo, después de cómo lo insultó. Al final, resultó ser una cara bonita con cerebro de chorlito. No es lo que queremos para el muchacho.

Archie musitó algo y luego dijo:

‑¿Y quién era la siguiente en la lista de posibles esposas? ¿O no encontró a otras candidatas aparte de esa muchacha?

‑Hay unas cuantas más, pero no volveré a cometer el error de hacer una oferta sin antes conocerlas personalmente.

‑Entonces, ¿lo ha organizado todo para que acudan aquí y podamos solucionar esto cuanto antes?

Neville se quedó mirando el techo durante unos instantes. Poner los ojos en blanco habría servido mejor a su propósito, pero hacerlo le producía dolor de cabeza.

Con suma calma, como si estuviera explicándoselo a un niño, dijo:

‑Duncan acaba de rechazar a la primera muchacha esta tarde. Yo apenas he empezado a recuperarme del tiempo que he invertido y desperdiciado con ella y, desde luego, aún no me he planteado la forma de conocer a las demás sin que sepan por qué…

‑¿Acaso es usted un solitario? ¿O es que no sabe que la forma más fácil de congregar a la gente es en una maldita fiesta? Organice una, de las grandes, y asegúrese de que todas sus candidatas van a asistir. Así el muchacho podrá decidir por sí mismo a quién toma por esposa.

Neville casi se echó a reír. ¿Una fiesta? justo después de haber echado de su casa a una parte más que considerable de la alta sociedad londinense. ¿A quién podría ahora invitar?

‑Una fiesta tal vez no sea una buena idea…

‑Bah, pone objeciones solo para llevarme la contraria, sí lo sabré yo. Una fiesta es la forma de reunirlas a todas para que el muchacho tenga donde escoger. Si usted no sabe cómo organizarla, que venga alguna dama de por aquí a enseñárselo.

Neville volvió a ruborizarse.

‑No hace tanto tiempo que no recibo gente en casa.

Archie no era tan contenido. Cuando tenía ganas de reír, lo hacía, y entonces no fue una excepción. Esta vez, Neville no pudo evitar rechinar los dientes al oírlo, añorando los tiempos en que librar un duelo al amanecer era una forma aceptable de deshacerse de los enemigos.

‑Sabré arreglármelas, muchas gracias ‑añadió, con los labios apretados.

‑Entonces, ¿no debería ponerse manos a la obra y empezar a cursar las invitaciones? Nunca dejes para mañana lo que puedas hacer hoy.

‑Si a usted no le importa, primero terminaré de cenar ‑bufó Neville.

‑Hablando de cenar, vaya anfitrión es usted que no me ofrece una ración de esa ternera que huele tan bien ‑dijo Archie suspirando, sacudiendo la cabeza mientras miraba con desolación la comida que había en el plato de Neville‑. Espero que se esmere un poco más cuando nuestros invitados empiecen a llegar.

El insulto no funcionó. Neville señaló la puerta que había detrás de Archie y respondió, esta vez con una sonrisa:

‑La cocina está por allí.

Archie soltó una carcajada.

‑Después de todo, es posible que sea usted un digno adversario, Thackeray, desde luego que sí. El tiempo lo dirá, aunque la verdad es que ahora no nos queda mucho, después del craso error que ha cometido usted con la primera muchacha. Bueno, ¿dónde esconde usted a mi nieto, o también lo ha enviado a cenar a la cocina?

‑Supongo que está por ahí, lamiéndose las heridas que esa víbora le ha infligido. La muchacha se cebó con él, por lo que me han contado. Pero, por favor, líbreme de su presencia y vaya en su busca. Usted debe ser justo lo que necesita para animarse en estos momentos, aunque, personalmente, no puedo imaginarme nada más angustiante.

Archibald se rió al salir del comedor.

‑Se habituará a mí, inglés… aunque, bien pensado, no, le queda otro remedio, ¿no?

  

 

 

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2 comentarios en “EL HEREDERO-JOHANNA LINDSEY (13-14)

  1. holaa veo q ya decidiste dejar la historia,weno yo miraré aqui a ver si encuentro el libro,me a gustado un beso agurrr

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