EL HEREDERO-JOHANNA LINDSEY

11

 

 

 

No era sorprendente que Sabrina saliera a dar un paseo en cuanto tuvo ocasión. Adoraba las estaciones, las cuatro, e incluso cuando hacía más frío era capaz de disfrutar de una vigorosa caminata. La naturaleza, en su momento más crudo o bello, siempre la maravillaba. Le encantaba alzar el rostro para notar la lluvia en la piel en lugar de correr a resguardarse, o sentir el viento en el pelo y el sol en las mejillas. Cuando era niña, sus tías bromeaban diciéndole que tenía sangre de hada y que se había dejado las alas olvidadas en alguna parte.

Subió la loma en cuya cima se había detenido ya varias veces en alguna de sus caminatas, cuando venía desde la otra dirección. Hasta entonces, aquella loma era lo más cerca que había estado nunca de Summers Glade, pero siempre le había ofrecido una vista perfecta de la gran mansión de lord Neville. La había contemplado en todas las estaciones M año y por eso sabía que su desolado aspecto pronto cambiaría con la llegada de la primavera, cuando los imponentes árboles que la rodeaban volvieran a llenarse de hojas.

Era una antigua casa francamente hermosa, y ahora que la había visto por dentro estaba aún más impresionada. Era una lástima que lord Neville no recibiera gente en casa más a menudo para enseñársela a vecinos que, como las Lambert, habían mostrado siempre mucha curiosidad por él y su hogar.

Ahora no estaba recibiendo a gente en casa porque le apeteciera, sino por obligación. Y la actitud que adoptaría con sus huéspedes continuaba siendo una incógnita. De hecho, Sabrina al regresar de su paseo podía encontrarse a sus tías haciendo de nuevo el equipaje. No es que aquello fuera a afectarle mucho, aunque tenía ganas de poder conocer al fin al estimado lord Neville, después de haber vivido tan cerca durante tantos años y no haberle visto nunca, ni siquiera de lejos.

Pero no tenía prisa por regresar y averiguar qué había pasado, fuera lo que fuese, y cuando alcanzó la cima de la loma se sentó, sin pensar que la hierba y la tierra podían mancharle el vestido, y disfrutó sin más de la vista. Sus tías solían lamentarse ante sus amigas de que, cuando era niña, la ropa nunca llegara a quedársele pequeña, pues siempre la destrozaba con los zarzales o la llenaba de manchas mucho antes de que le hiciera falta cambiar de talla.

En aquel aspecto había sido descuidada, y continuaba siéndolo; nunca se había preocupado por la impresión que su aspecto causaba en los demás. Cuando no había apenas nada que hacer o mejorar, ¿para qué perder tiempo en intentarlo?

Se quitó la cofia y la dejó en el suelo. Habría salido volando si no hubiera estado sujetándola por las cintas, pero el viento la arrastró por el suelo, sin que ella se diera cuenta, dejándola hecha un desastre. Sabrina había cerrado los ojos para sentir mejor el viento que arremolinaba su cabello en todas direcciones. Se rió cuando un mechón le rozó la nariz, haciéndole cosquillas.

No obstante, tener los ojos cerrados y que el viento estuviera aullándole en los oídos no fue lo que le impidió ver u oír al jinete que casi la arrolla. Apareció por detrás con tanta brusquedad que ninguno de los dos tuvo tiempo de reaccionar.

Sabrina se libró de milagro. Tan de milagro que, cuando el caballo se encabritó y el jinete le obligó a girar para evitarla, el animal chafó la cofia con los cascos al tocar de nuevo el suelo. Aunque de eso ella no se dio cuenta, todavía. Su único pensamiento fue sortear al caballo rodando por el suelo, lo cual fue más fácil que volver a ponerse en pie con aquella falda tan voluminosa que llevaba.

Sin embargo, Sabrina no fue la única que rodó por el suelo. Al encabritarse, el caballo había derribado al jinete, que había ido a parar al lugar donde la loma empezaba a descender de forma abrupta y, al no encontrar una superficie plana, había rodado un trecho antes de detenerse.

Sabrina fue la primera en recobrarse y ponerse de nuevo en pie. El hombre estaba sentado en el suelo, con las piernas extendidas, algo aturdido en apariencia, o preguntándose al menos qué había sucedido. El caballo se alejó bufando, pero no demasiado. Se llevó la cofia de Sabrina, que aún tenía enganchada en el casco, y ahora intentaba comerse las flores de seda que había visto en el estampado.

Se trataba de un hombre corpulento. Fue lo primero en que se fijó Sabrina; era imposible no hacerlo. Y la gruesa chaqueta corta de invierno que llevaba resaltaba la anchura de sus hombros. Pero fueron sus piernas las que le llamaron la atención. No pudo evitarlo. Llevaba una parte al descubierto, al menos las rodillas, entre la falda escocesa y las botas de caña alta.

 

Una falda escocesa en invierno, qué extraño. Ya había visto a escoceses con falda, cuando pasaban por Oxbow de camino al sur y a su regreso, pero solo en verano. La mayoría preferían abrigarse más en las estaciones frías. ¿Acaso no tenía frío?

Sabrina imaginó quién podía tratarse: el prometido de Ophelia. La falda y el cabello, pelirrojo oscuro, indicaban que al menos era escocés, y Summers Glade, la dirección que llevaba, esperaba a un escocés. Oh, Dios mío. Ophelia iba a quedarse estupefacta, y posiblemente cambiaría de opinión ipso facto en cuanto a lo de querer deshacerse de él. ¿Cómo no iba a hacerlo, cuando era tan apuesto que hasta dejó a Sabrina sin respiración?

El hombre se puso en pie, demostrándole, para su sorpresa, que no solo era corpulento, sino también alto. Y se limpió la falda de tal forma que dejó al descubierto una parte del muslo, ruborizándola. Por suerte, él aún no se había fijado en ella. De todas formas, aunque lo hubiera hecho, Sabrina tenía las mejillas tan cortadas por el viento que era imposible notar que se había sonrojado.

‑¿Está usted bien?

Él se dio la vuelta.

‑Ah, ahí está. Eso debería estar preguntándoselo yo. No la he visto ahí sentada hasta que ya casi era demasiado tarde.

Sabrina le sonrió. Tenía un acento escocés cantarín y agradable, y la voz profunda. Le gustaba cómo sonaba, extraño a sus oídos pero lírico. Y aquellos ojos, de un azul tan oscuro. La desconcertaban, ahora que la miraba de hito en hito.

‑Eso me ha parecido.

‑Debo disculparme. Este animal y yo no nos llevamos muy bien ‑dijo mirando al caballo con el ceño fruncido‑. Aunque lo cierto es que, para empezar, no soy buen jinete. Prefiero ir a pie, si la distancia no es excesiva.


Qué coincidencia, igual que ella. Sabrina sabía montar, y lo hacía muy bien. De hecho había aprendido de niña, para completar su formación. Pero encontraba la silla muy incómoda y, además, el Señor la había dotado con dos robustas piernas con el propósito de que las usara.

Su alusión a la distancia la instó a preguntarle:

‑¿Llega usted ahora, a Summers Glade?

Él contempló la casa desde lo alto de la loma y volvió a fruncir el ceño antes de decir:

‑No. Solo necesitaba desfogarme un poco y pensé que ese semental me serviría. Ha sido una estupidez. Debería haber sabido que montar iba a hacerme más mal que bien.

Ella se echó a reír. Lo que provocó que Duncan volviera a examinarla, esta vez con más detalle.

Era una muchacha sucia y no muy alta, con el pelo castaño suelto y enmarañado, pero encontró su falta de decoro bastante atractiva. Era pequeña, pero ni siquiera su largo abrigo, que la tapaba desde el cuello hasta los pies, podía disimular la generosidad de sus senos, aunque sí ocultaba el resto de su figura. Reparó en que le faltaban dos botones. Reparó en los ojos violetas más hermosos que había visto jamás.

Tuvo una premonición y no dudó en expresarla:

‑¿Es usted lady Ophelia, por casualidad?

‑Dios mío, no, pero usted debe de ser el bruto escocés del que tanto he oído hablar.

Por alguna razón, él no se ofendió. Tal vez por el brillo que detectó en sus hermosos ojos cuando se lo dijo. Era evidente que a ella le divertía el término «bruto» usado en aquel contexto, referido a él, y su diversión le hizo gracia.

Además, se había puesto la falda escocesa, que normalmente no llevaba en invierno, para demostrarle a Neville que prefería lo escocés a lo inglés. No obstante, la gente podía verlo como un bruto, teniendo en cuenta la época del año, aunque aquel insignificante frío de Inglaterra no era nada para él. Pero también eso era divertido, ahora que estaba lo bastante calmado como para pensar en ello.

Así que él también dijo con cierto humor:

‑Pues sí, ese soy yo.

‑No es usted tan viejo como pensaba ‑prosiguió ella.

Él enarcó una ceja, de color castaño rojizo, preguntándole:

‑¿Cómo de viejo?

‑Cuarenta, como mínimo.

‑¡Cuarenta! ‑rugió él.

Su risa era contagiosa.

Duncan hizo un esfuerzo para contenerse y, en lugar de ello, la miró fingiendo severidad.

‑Entonces, ¿estaba usted riéndose de mí? ‑dijo.

‑¿Tan evidente resulta?

‑No hay tantos que tengan arrestos para hacerlo.

Ella le sonrió.

‑Dudo mucho que sea usted el bruto que dicen que es, pero, a fin de cuentas, yo tampoco soy el fantasma andante que dicen que soy. Es curioso, lo de los rumores y las murmuraciones. Casi nunca se refieren a los hechos y, sin embargo, a menudo se toman al pie de la letra.

‑Así que Neville esperaba a un bruto, ¿no? ‑dijo Duncan.

Ella parpadeó y luego volvió a reírse.

‑Oh, caramba, supongo que no. Él no iba a ser tan tonto, ¿no?, puesto que le conoce lo suficiente, siendo como es su abuelo. No, no. Son los que aún no le conocen, pero están al corriente de su llegada, quienes pueden estar intrigados con un escocés de las Tierras Altas, siendo tan pocos los que vienen a Inglaterra para demostrar que las Tierras Altas de Escocia deben ya estar civilizadas a estas alturas. Y, desde luego, eso da mucho juego para murmurar, ¿no cree?

Duncan estuvo a purito de gruñir a modo de respuesta. Sabrina había puesto el dedo en la llaga al suponer que su abuelo ya le conocía. Pero el resto de lo que había dicho le pareció divertido. De hecho, consiguió volver a calmarlo, tanto que tuvo ganas de seguir bromeando con ella en lugar de abordar el serio tema de la mala fama que tenían los escoceses de las Tierras Altas.

‑¿Tienen que estarlo? ‑dijo.

‑¿El qué?

‑Civilizadas.

Ella pareció meditar durante unos segundos y luego respondió con mucha lógica:

‑Bueno, tal vez no estén tan civilizadas como Inglaterra, naturalmente. Pero tengo serias dudas de que sigan produciendo auténticos brutos. Al fin y al cabo, fíjese en usted. ¿O es que se le ha olvidado traer la pintura de guerra?

Él se echó a reír. Tuvo que sujetarse el estómago y secarse las lágrimas.

Pero cuando se calmó un poco, se dio cuenta de que ella lo miraba con el ceño fruncido. Y, luego, dijo muy seria:

‑Se le ha olvidado, ¿verdad?

Esta vez se desplomó de la risa. Y cuando dejó de hacerlo se sintió… casi normal. La amargura que le corroía las entrañas había desaparecido, al menos de momento. Y vio la traviesa sonrisa que ella esbozaba ahora, lo cual demostraba que solo había seguido la broma.

Aquella joven era una joya. Desde luego, no tenía nada que ver con su concepto de las muchachas inglesas. Si las otras eran como ella, bueno, tal vez no le resultara tan desagradable casarse con una después de todo.

 

 

 

 

 

 

 

 

12

 

 

 

Los huéspedes de Neville ‑y el número había aumentado considerablemente a medida que avanzaba el día‑ no tenían ni idea de que el único motivo de que no los hubieran puesto de patitas en la calle era que Neville había incluso sentido alivio de no tener que vérselas otra vez a solas con su nieto, después de su catastrófico primer encuentro. Esperaba que una casa llena de gente joven ‑y le habían informado de que la mayoría de los que iban a llegar tenían más o menos la edad de Duncan‑ entretendría al muchacho lo bastante como para que se sintiera más a gusto en su nuevo hogar.

Era obvio que aquel no era el caso. Duncan no estaba conforme con su viaje a Inglaterra. Por extraño que parezca, Neville jamás se había planteado la posibilidad de que su heredero no quisiera serlo. No estaba seguro de cómo abordar la cuestión, ni de cómo conseguir que su nieto estuviera más dispuesto a asumir las responsabilidades que su herencia entrañaba.

Duncan tenía mucho que aprender, pero tal vez no fuera el momento de empezar todavía. Quizá sería mejor que se casara primero, puesto que en ese aspecto parecía estar de acuerdo; por Archie, según había dicho.

A Neville seguía enfureciéndole que el muchacho estuviera tan dispuesto a complacer a su abuelo escocés pero no al inglés. Era de esperar, suponía él, aunque seguía sin gustarle. No obstante, le agradecía a Archibald que le hubiera convencido para que se casara. Neville no respiraría tranquilo hasta que hubiera contraído matrimonio y concebido un hijo, pues temía que si Duncan no le daba un heredero, el viejo escocés intentaría llevarse a Duncan de regreso a las Tierras Altas en cuanto Neville falleciera.

No era un temor infundado. Su correspondencia con Archibald MacTavish le había dejado una cosa bien clara. Aquel hombre era muy posesivo con lo que era suyo y muy obstinado e inflexible en sus exigencias. A Neville no le gustaba aquella repartición de herederos, como había propuesto el escocés. Duncan era su único heredero, aun cuando Elizabeth hubiera prometido que el muchacho iría a Inglaterra para heredar y administrar su patrimonio.

A Neville no le representaba problema alguno que Duncan fuera también el heredero de Archibald. Podían contratarse administradores para que supervisaran las dos grandes propiedades cuando Duncan necesitara repartir su tiempo entre una y otra. El patrimonio de Neville no entrañaba tanta complicación como para necesitar supervisión constante. Sería agradable que Duncan pudiera dedicarse por completo a un solo país, pero los ingleses ya se habían habituado desde hacía tiempo a poseer propiedades en lugares distantes, aparte de en Inglaterra.

Sin embargo, era un punto cuestionable. Sin duda, el escocés sentía que había perdido a Duncan debido a la promesa de Elizabeth y, por ello, insistía en la continuación de su linaje para tener un nuevo heredero. En aquello, al menos, Neville podía estar de acuerdo. ¿A quién no le gustaría saber que su linaje continuaría y no se extinguiría antes de morir él? Duncan podría asegurar el futuro de las dos familias teniendo mucha descendencia, pero solo si se ponía manos a la obra enseguida.

Neville estaba complacido con la novia que le había buscado. Tal vez debería haber hecho un esfuerzo para conocerla personalmente antes de sellar el compromiso, pero aún seguía tan furioso con Archibald por insistir en que fuera la más hermosa de todas ‑como si eso fuera lo único importante al escoger esposa‑, que cuando sus agentes le juraron y perjuraron que lo era, se había puesto en contacto con sus padres sin más dilación.

Sin embargo, ahora que la había conocido, no estaba disgustado. Ophelia Reid era sin lugar a dudas tan bella como se decía. Es posible que fuera un poco estirada, e incluso algo arrogante, pero eso podía deberse al nerviosismo por conocerle.

Y, en su opinión, la arrogancia no tenía por qué ser negativa. En ocasiones, Neville sabía que él mismo daba esa impresión. En función de con quién se tratara, no estaba de más dar ciertas muestras de condescendencia. Pero ahora no le cabía la menor duda de que, en cuanto la viera, Duncan quedaría prendado. Y eso era lo único que importaba, que el muchacho estuviera contento con su futura esposa.

 

Sabrina podría haber estado en lo cierto al suponer que Ophelia cambiaría de opinión sobre Duncan MacTavish en cuanto lo viera. Así podría haber sucedido, si se hubieran conocido a, solas y en otras circunstancias.

Pero por obra del destino, Ophelia estaba rodeada de amigas y admiradores cuando Duncan se presentó en el salón donde estaban reunidos. Como acababa de regresar de su paseo a caballo, aún llevaba la ropa que se había puesto para irritar a Neville y Ophelia vio en ello una confirmación de los rumores que había difundido sobre él. Lamentablemente, también sus amigas lo entendieron de ese modo.

‑Dios santo, lleva falda ‑oyó que susurraban a su alrededor.

‑En Escocia es un atuendo del todo aceptable ‑Intentó señalar alguien‑. Es una falda…

‑Es una maldita falda. Y yo que pensaba que un pariente del marqués no podía ser tan tosco… Por lo visto, me equivocaba.

Ophelia se sintió avergonzada, inmersa en una situación de la que abominaba. Había supuesto que tendría que dejar a Duncan en ridículo de alguna otra forma, puesto que los rumores que había difundido sobre él habían dado en el clavo.

Por ese motivo no se fijó realmente en él. Vio la falda escocesa y reflejos rojos de su cabello castaño, que el fuerte viento había enmarañado. Pero no vio nada más salvo que, ironías del destino, los rumores que había difundido eran ciertos. Por una parte, se sintió aliviada. Ahora, sus padres tendrían que darse cuenta de que un escocés de las Tierras Altas, al menos un bruto como aquel, no era para ella. Habían oído los rumores. Ella se había asegurado de que así fuera. Pero se habían reído, alegando que no podían ser ciertos. Ahora no podrían negarlos.

Pero, por otra parte, una cosa era tener el control de un rumor y hacer que obrara en beneficio propio y otra muy distinta ser víctima de las verdades y de la vergüenza que ello podía conllevar. Y Ophelia odiaba las situaciones embarazosas. Ruborizarse no iba en absoluto con su persona.

Por ese motivo estaba muy enojada cuando Duncan se presentó, después de haber observado durante un instante el salón desde el umbral, haciéndole una reverencia ‑que a ella le pareció exagerada y dijo:

‑Como no hay otra muchacha más bella que usted en toda la creación, presumo que es usted lady Ophelia.

Ella lo había entendido perfectamente, pero dijo:

‑Cuando consiga expresar sus cumplidos en inglés, tal vez les preste atención. También podría intentar vestirse como es debido, ¿o es que a los escoceses les gusta parecer mujeres?

Implicar que una falda escocesa tenía algo de femenino, por muy remoto que fuera, era el insulto más grave que quepa imaginar. Duncan podría haberla perdonado, atribuyéndolo a la ignorancia inglesa, si no hubiera sabido que lo había dicho a propósito. No podía pasar por alto su intención. Ni las risitas mal disimuladas o las carcajadas de su público, ni su mirada de suficiencia al oírlas.

No obstante, Duncan no pudo disimular su turbación y eso era, exactamente, lo que ella quería. Él no alcanzaba a imaginarse el porqué, aunque ahora ya le diera lo mismo. Y lo que había sentido al principio ‑emoción, asombro, gratitud incluso, asumiendo que tendría que darle las gracias a su abuelo por aquella prometida tan espectacular‑ le hizo encajar el golpe mucho peor.

Puede que al verla por primera vez su belleza le hubiera sorprendido y deslumbrado, era un regalo para la vista, pero en aquel preciso instante no podría haber sido más fea a sus ojos.

No le dijo ni una sola palabra más. Giró sobre sus talones y salió del salón para ir en busca de su abuelo. Lo encontró enseguida, pues Neville estaba bajando las escaleras para unirse a sus invitados.

Duncan no se detuvo y, cuando pasó junto a él, se limitó a decirle:

‑No me sirve.

Neville, sorprendido al principio por el tono terminante de Duncan, tal vez lo habría seguido para averiguar el porqué. Pero, considerando lo poco amistosa que hasta entonces era su relación, decidió averiguarlo por otros medios.

Dado que Ophelia Reid le había complacido tanto, era comprensible que Neville estuviera molesto y quisiera averiguar lo ocurrido para echar por la borda los esfuerzos de un año, para hallar a la esposa perfecta.

Hizo una señal a su mayordomo, que estaba montando guardia en el recibidor y que siempre se enteraba de todo. Y aquella vez no fue distinto, pues estaba informado, palabra por palabra, de lo que se había dicho en el salón.

 

Vaya cerebro de chorlito. Mira que no tener más ocurrencia que airear su ignorancia de aquella forma. La belleza era deseable, pero no cuando venía asociada a semejante estupidez. Duncan tenía razón. Ophelia Reid era del todo inapropiada.

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Un comentario en “EL HEREDERO-JOHANNA LINDSEY

  1. Hola niña,
    Leo no me ha hecho nada!! De tanto en tanto  pongo un signo del zodiaco y lo explico. ¿Sabes aquel tocho de libro del Zodiaco Rojo que tienes? Pues yo tengo el mismo. Lo leo, lo resumo y lo escribo en el Space, res mes.
    Aunque tengo que decir que este signo lo puse por curiosidad especial, haber si mi intuición femenina seguía siendo bueno, y la verdad es que si. 
    Ya parlarem, ok?
    Que tal llevas el tema ‘moto’ ?? Si quieres se la quitamos a tu querido marido y nos vamos las dos tranquilamente sin presiones!!!! Yo le doy 4 golpes de gas y tu te acostumbras a ir en moto (prometo no correr… gaaaaaaassss!!)
    Venga fea, ya hablaremos!!! 

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