EL HEREDERO- JOHANNA LINDSEY

8

 

 

 

Era con toda probabilidad el lugar más lúgubre y desolado que había visto jamás. Supuso que el grueso manto de niebla que lo cubría, de varios metros de espesor, podía ser la causa, así como los árboles sin hojas, que, por lo que él sabía, podían estar tanto vivos como muertos. O tal vez pareciera tan desierto porque era muy temprano.

Por otra parte, Duncan dudaba de que ningún rayo de sol, por débil que fuera, pudiera influir en su estado de ánimo, ni tampoco el canto de los pájaros, si es que había alguno por allí en aquella época del año. Estaba predispuesto a detestar Summers Glade, y lo detestaría, eso seguro.

Sir Henry querría haber llegado la noche anterior, lo cual habría sido fácil, pues la posada en la que se habían alojado se hallaba a menos de veinte minutos de su destino. Pero Duncan no estaba de humor para conocer a su abuelo inglés después de un día entero de viaje. Quería estar tan despejado como le fuera posible, no cansado y pensando únicamente en un baño caliente y una cama.

Sin embargo, no había planeado llegar antes de que Neville Thackeray se hubiera siquiera levantado, como fue el caso, y aquello le contrarió, porque iba dispuesto a enfrentarse a su abuelo. Y casi abrigaba la esperanza de que, por su desolado aspecto, la casa estuviera vacía. En cambio, estaba repleta de sirvientes, más de los que podrían utilizar diez familias numerosas, todos al servicio de un solo anciano.

No obstante, todo había que decirlo, Duncan admitió que el marqués vivía en una casa muy grande, que podía necesitar unos cuantos sirvientes más de lo habitual para funcionar como es debido. También dedujo que probablemente los ingleses estaban un poco malacostumbrados, sobre todo los grandes lores como su abuelo, y que tal vez creyeran necesitar muchísimos sirvientes, a pesar de no ser así.

En contraste con la desolación que caracterizaba el exterior de la vetusta mansión, el interior era suntuoso y alegre. Los muebles de casi todas las habitaciones que Duncan vio a su paso eran de estilo francés antiguo, labrados con delicadeza y profusión. Estaban bien conservados para lo antiguos que eran y su ornamentación les daba un aire alegre, aunque también resultaban ligeramente llamativos.

Los espejos y cuadros tenían marcos de pan de oro casi tan anchos como lo que enmarcaban. Las arañas de cristal eran tan inmensas y tenían tantas gotas de cristal que podrían deslumbrar a cualquiera que cometiera la torpeza de mirarlas cuando estaban encendidas. Y había flores en todas las habitaciones, lo cual sugería que la mansión debía de tener un invernadero en alguna parte.

En definitiva, Summers Glade, al menos por dentro, no era ni por asomo lo que Duncan habría esperado de un viejo marqués inglés, sobre todo después de ver lo austero que era por fuera. Intuía que Neville se habría rodeado de piezas serias, sin pretensiones y sólidas, no del estilo frívolo que había caracterizado el siglo anterior.

Pero como Neville había vivido en el siglo anterior, no era en absoluto sorprendente, después de meditarlo un poco, que prefiriera el estilo recargado y alegre en el que sin duda se había criado. Ahora Duncan no se asombraría en lo más mínimo si su abuelo aparecía con una de esas absurdas pelucas blancas, anticuadas y voluminosas, que tan en boga habían estado mientras imperó aquel tipo de decoración.

Hicieron falta cuatro sirvientes ‑el altivo mayordomo, que lo llevó hasta la doncella del piso de abajo, quien a su vez lo llevó hasta la del piso de arriba y, por último, la tiesa ama de llaves‑ para acompañar a Duncan a su habitación, situada en el primer piso. Cuando el ama de llaves salió a recibirlo, él ya se reía entre dientes de que hubieran hecho falta tantas personas para llevarlo al primer piso cuando habría bastado con que le indicaran el camino. Pero aquel no era ni por asomo el final de la procesión.

Apareció otra doncella para encender el fuego de su habitación. Luego vino otra con agua caliente y toallas. Y, pisándole los talones, llegó otra más con una gran bandeja de tentempiés matutinos: galletas, embutido, pastas y dos jarritas de té y chocolate calientes. Y menos de diez minutos después de que se marchara, vino aún otra señorita para preguntarle si necesitaba alguna cosa más.

Y por último llegó Willis.

Willis era un hombrecillo delgaducho de mediana edad, casi cincuentón, que proclamaba con orgullo haber sido elegido como ayuda de cámara de Duncan. Tenía el pelo castaño, el poco que le quedaba, los ojos castaños y una expresión que podría tildarse de franca arrogancia, y eso que Duncan creía que el mayordomo de Summers Glade era la persona más arrogante imaginable; pues bien, Willis conseguía parecer aún más soberbio y altanero.

Duncan no era tan ignorante como para no saber cuál era la función de un ayuda de cámara. Estaba sorprendido, eso sí, de que hubiera uno en su habitación, de que Willis estuviera ya deshaciendo su maleta ‑la que casi tuvo que arrebatarle a un lacayo en el piso de abajo para subirla en persona‑ antes de que él tuviera oportunidad de decirle que no era necesario.

Y entonces oyó:

‑¿Una falda, señor?

‑Es una falda escocesa, ¡necio! ‑Duncan casi rugió ante aquel insulto, ruborizándose hasta las orejas.

Su tono no alteró a Willis, quien se limitó a chasquear la lengua mientras guardaba la falda escocesa en la cómoda.

Duncan se quedó mirándolo, sin salir de su asombro. El insulto ya había sido lo bastante grave, pero que, además, aquel hombrecillo ignorara su furia…

Apretando los labios, Duncan ordenó:

‑Fuera de aquí.

Aquello atrajo toda la atención de Willis, quien, no obstante, se limitó a decir:

‑¿Señor?

Ante la mirada perpleja del hombrecillo, Duncan explicó:

‑No he necesitado un ayuda de cámara en toda mi vida, y no voy a necesitarlo ahora.

Sin embargo, en lugar de enfurruñarse y marcharse, Willis volvió a chasquear la lengua y dijo:

‑No es culpa suya dónde se crió usted, pero ahora está en tierras inglesas y querrá hacer las cosas como es debido, estoy seguro.

‑¿Ah, sí? ‑respondió Duncan en tono amenazador, empezando a enojarse otra vez.

‑Naturalmente que querrá, y naturalmente que me necesita. Ningún caballero de importancia pensaría jamás en vestirse solo.

‑Yo no soy un caballero, ni un lord, y puedo vestirme solo, maldita sea. Ahora márchese, antes de que me vea obligado a echarle.

Con aquellas palabras, Willis acabó por tomarlo en serio y Duncan tuvo la impresión de haberlo asustado.

‑No estará echándome, ¿verdad? Eso me perjudicaría mucho.

‑¿Solo porque no lo necesito?

‑Pero nadie lo creerá ‑le aseguró Willis‑. No, esto se entenderá exclusivamente como culpa mía y me impedirá aspirar de por vida a una posición tan prestigiosa como es esta. Será mi ruina, señor, si me envían de regreso a Londres.

Duncan habría jurado que al hombrecillo acababa de temblarle el labio inferior. Suspiró. Él no era un hombre mezquino, solo obstinado. No obstante, no deseaba ser el causante de la «ruina» de nadie. Aunque no le gustaba hacer concesiones.

‑Muy bien, puede dedicarse a planchar y limpiar lo que me ponga, pero vestirme es cosa mía, ¿queda claro?

‑Gracias, señor ‑dijo Willis, retomando su tono altivo y condescendiente‑. Y ¿me permite que llame al sastre del marqués para que le tome las medidas, o van a llegarle más baúles en breve?

Duncan se quedó mirándolo. Dale a un inglés la mano y..

 

 9

 

 

 

A Sabrina no le pareció tan trágico que la historia de su familia hubiera salido de nuevo a la luz. De hecho, la buena sociedad de Londres estaba reaccionando de forma tan extraña cuando la conocía que hasta lo encontraba divertido. La gente, que antes la había mirado con la mera curiosidad reservada a todo recién llegado, le dedicaba ahora miradas que parecían decir: «¿ Sigues viva? Pero no por mucho tiempo, te lo aseguro». Una dama había incluso cometido la ridiculez de ponerse a gritar, creyendo que era un fantasma. Sabrina se preguntaba hasta qué punto debía de haberse distorsionado el rumor cuando llegó a oídos de aquella necia.

Sus perspectivas de hallar esposo en Londres eran ahora nulas, obviamente. Al fin y al cabo, ¿qué caballero que se casara con la pretensión de tener un heredero, y esa era la razón por la que muchos lo hacían, querría una esposa que tal vez no viviría lo bastante como para dárselo? Sus dos tías estaban vivas y habían pasado muchos años desde las tragedias, rompiendo a todas luces el círculo vicioso, pero ¿había alguien que tuviera eso en cuenta? No. La alta sociedad londinense, en resumidas cuentas, pasaba por alto aquel detalle.

Lo cierto es que contarle a todo el mundo la verdad sobre su familia no hacía ningún bien. Creerían lo que quisieran creer y, ¿acaso las pruebas respaldaban su creencia? Apenas, pero la verdad no era tan jugosa ni se prestaba a tantas habladurías. Era mucho más interesante insistir en que aquella tendencia a acabar con la propia vida prematuramente tenía que ser algo de familia.

Por desgracia, Richard, el bisabuelo de Sabrina, lo había hecho, y su inconstante esposa, incapaz de soportar la tragedia, siguió su ejemplo. Sin embargo, ahí debería haber terminado todo. Lucinda, la hija que les sobrevivió, ya estaba casada por aquel entonces con William Lambert, un conde de constitución robusta, y tenían ya dos hijas, Hilary y Alice. El padre de Sabrina, John, aún no había nacido, razón por la cual el título del viejo duque pasó a otra rama lejana de la familia desconocida para los Lambert.

Nadie, al menos nadie de la familia, sabía con seguridad si Lucinda había saltado por el balcón o si la caída había sido accidental. Su salud se había deteriorado después de dar a William un hijo varón y pasó varios meses deprimida tras su nacimiento, así que cabía la posibilidad de que hubiera seguido el mismo camino que sus padres. Pero, fuera cierto o no, a nadie le cupo la menor duda de que lo había hecho y, de esa forma, el rumor resurgió y se mantuvo en circulación el tiempo suficiente como para impedir que Hilary y Alice pudieran encontrar marido. Y ahí debería haber terminado todo. Al fin y al cabo, ahora había sangre nueva en la familia que provenía de la rama del conde. De hecho, el rumor se había extinguido cuando John se casó con Elizabeth y de su unión nació Sabrina.

Sin embargo, sus padres tuvieron entonces la desgracia de ingerir comida en mal estado y los dos fallecieron antes de que llegara el médico. Hasta el perro murió por haberse comido las sobras. Y dos de las ayudantas de cocina, que solo la habían probado, habían tenido graves trastornos intestinales. El médico afirmó que la causa había sido algún alimento en mal estado. Pero el rumor de que habían ingerido veneno ‑de forma deliberada‑ no tardó en surgir.

Hilary y Alice sabían que no era así. Su hermano y su esposa se amaban y eran muy felices. Su muerte, como mínimo, había sido un verdadero accidente. Pero, una vez más, nadie iba a creerlo.

No era sorprendente que sus tías estuvieran desoladas al saber que el rumor estaba de nuevo en circulación, después de tantos años. Además, se habían hecho muchas ilusiones con Sabrina a las que ahora tendrían que renunciar. No alcanzaban a imaginar quién podía ser tan mezquino y envidioso como para volver a introducir ese viejo rumor en los círculos de Londres, aunque saber quién había sido no cambiaría nada. El daño estaba hecho. Y por esa razón, no había motivo ya para quedarse en Londres durante más tiempo.

Lo cierto es que Sabrina se alegró de regresar a casa. Se había dado cuenta de que Londres, tan bullicioso y rutilante, no era para ella. Había demasiada gente, mucha suciedad, y el aire solía estar impregnado de hollín y humo. Añoraba con fuerza el aire limpio que se respiraba al dar un paseo por el campo cubierto de nieve, y los olores de los animales y el follaje en los meses más cálidos, en lugar del hedor de la gente y la basura.

Se alegraba de haber asistido al menos a un baile ‑porque era poco probable que la invitaran a otro‑ y a unas cuantas fiestas más, antes de que el rumor sobre ella se hubiera extendido. Al menos, ahora sabía cómo era Londres. Mejor eso que preguntárselo por siempre, razón por la cual el viaje no le parecía una completa pérdida de tiempo.

Y, a diferencia de sus tías, no pensaba que ahora no fuera a casarse. Imaginaba que algún día encontraría un hombre agradable, inteligente como para ver la verdad más allá de los rumores. Era cierto que algunos de sus antepasados se habían suicidado, pero eso no significaba que toda su familia estuviera condenada a hacer lo mismo. Y si no encontraba a nadie, tampoco supondría una gran tragedia, y sus tías daban fe de ello.

Irónicamente, sus anfitriones, los Reid, tuvieron también que viajar a Yorkshire, porque tenían que presentarse en Summers Glade para conocer al nieto de Neville Thackeray, que estaba a punto de llegar. Como era natural, se sugirió la posibilidad de que viajaran todos juntos. Había sido idea de lady Mary. No obstante, su hija Ophelia se saltó las buenas formas suplicando a las Lambert que también se unieran a ellos en Summers Glade.

Sin duda, Alice y Hilary se habrían negado si su abatimiento por tener que marcharse de Londres no les hubiera impedido pensar con claridad. Al fin y al cabo, ni siquiera les agradaba el marqués. Pero Ophelia confesó que ya había invitado a Summers Glade a muchos de sus amigos y que iba a ser una reunión muy festiva.

Las tías de Sabrina sin duda vieron aquello como una última oportunidad de que algún joven caballero se fijara en Sabrina, por lo que accedieron de buen grado. También pensaban en las muchas fiestas que Ophelia sin duda celebraría en Summers Glade después de casarse, lo cual sería muy beneficioso para su sobrina. Pensar de ese modo bastó para animarlas un poco y Sabrina no tuvo el valor de poner objeciones, aunque ella sí era consciente de lo incorrecto que sería presentarse ante el marqués de Birmingdale sin que las hubiera invitado personalmente.

Sabrina tampoco desconocía los verdaderos motivos de Ophelia para invitarlas a Summers Glade, a ellas y a muchísimas otras personas más. Le enfurecía, y no le importaba quién lo supiera, que la apartaran de Londres, y aquella era su absurda manera de llevarse a Londres consigo. Sin embargo, la razón de peso era que necesitaba refuerzos para hacer acopio de valor, porque ya había dejado bien claro que aquel bruto escocés con quien sus padres la obligaban a casarse la aterrorizaba.

Aunque a Sabrina seguía disgustándole la forma en que Ophelia pretendía deshacerse de su prometido, hasta cierto punto se solidarizaba con ella. En la época en que vivían, tener que casarse con alguien a quien ni siquiera se había visto, estaba desfasado. Su temor era comprensible.

Sabrina se habría solidarizado aún más con Ophelia si ella le hubiera expresado su deseo de casarse por amor y no de aquella forma, pero al parecer esa idea no estaba en su lista de prioridades. Simplemente, había sido demasiado impaciente para esperar a ver si el nieto del marqués podría convenirle y, además, aspiraba a un título superior al suyo. El hecho de que no hubiera muchos duques jóvenes disponibles que cumplieran ese requisito no tenía ninguna importancia. Estaba segura de que encontraría uno, o un príncipe, incluso un rey si se lo proponía. En tan alto concepto se tenía.

No obstante, fue bastante embarazoso encontrarse con la expresión severa del mayordomo de Summers Glade, que esperaba a no más de tres visitantes y que, en cambio, se encontró con ocho; dos de los admiradores de Ophelia se habían unido a la comitiva por el camino. Y aún llegarían más. Ophelia abordó el asunto como era habitual en ella, tratando al mayordomo como a un mero criado.

‑Si voy a quedarme aquí ‑le dijo‑, mis amigos se quedarán también. Casi siempre tengo visitas, así que ya puede ir acostumbrándose.

Por suerte para Ophelia, sus padres aún no habían entrado y no oyeron aquel arrogante comentario, pues de lo contrario le habrían dado un buen rapapolvo. No obstante, el mayordomo le dejó bien claro con la mirada que aquello llegaría a oídos del marqués. Eso esperaba Ophelia, sin duda. No quería agradar al marqués. Puesto que tanto él como su nieto podían poner fin a aquel compromiso indeseado, ella estaba decidida a ser desagradable con los dos para acelerar el proceso.

Al menos, Sabrina y sus tías no tendrían que ir muy lejos si ocurría lo peor y el marqués los echaba a todos. Su casa, próxima a la cercana ciudad de Oxbow, solo estaba a veinte minutos de allí, por lo que marcharse no supondría inconveniente alguno, ni siquiera de noche. Ahora solo les quedaba esperar y ver si lord Neville iba a estar de humor para consentir a su futura nieta política.

  

10

 

 

 

Desconociendo que sus huéspedes londinenses habían llegado, Duncan y su abuelo estaban en aquel mismo instante en el piso de arriba, viéndose por primera vez. Duncan había insistido en esperar a Neville en su salón privado cuando su ayuda de cámara se negó a despertar al marqués antes de lo que era habitual en él, y la espera había durado casi dos horas.

Al final, el anciano había hecho su aparición y el ayuda de cámara, que se marchó ruborizado, había recibido sin lugar a dudas una reprimenda por no haberlo despertado antes. Lo cierto es que a Duncan no le había importado la espera, que le había permitido examinar algunas de las pertenencias que Neville debía de considerar importantes, dado que las tenía en su salón privado.

Los extraños artefactos africanos que había en una pared sugerían que Neville debía de haber visitado aquel continente en algún momento de su vida, o que deseaba haberlo hecho. Otro rincón de la habitación estaba repleto de arte chino, y en la repisa de la chimenea había objetos egipcios. 0 bien le gustaba viajar o era un coleccionista de arte exótico.

Sin embargo, los muebles tenían el mismo toque francés que prevalecía en el resto de la casa. El escritorio parecía tan frágil que a Duncan le habría dado miedo usarlo, temiendo que pudiera desplomarse con tan solo apoyar un codo. Había encima dos miniaturas, una de las cuales reconoció como el retrato de su madre cuando era joven, pintado sin duda antes de que se marchara de casa para contraer matrimonio con Donald. La otra era de un niño con el pelo muy rojo.

El segundo retrato le llamó la atención y se quedó mirándolo. Podría ser él, supuso, aunque desde luego no recordaba a nadie conocido que pudiera haberlo pintado. El niño no estaba posando, sino que jugaba al aire libre, ajeno a que pudieran estar observándolo. Y Duncan solo había tenido el pelo así de rojo cuando era pequeño, pues ahora el color era muy distinto. Con la edad se le había oscurecido de manera considerable. Sin embargo, no halló otro parecido aparte del pelo, aunque eso podía ser culpa del artista; se estaba quedando sin razones para descartarlo como su retrato, cuando en el fondo sabía que lo era.

Lo cierto es que no podía imaginar por qué lo tenía Neville, por qué lo había querido, cuando jamás ‑ni una sola vez en la vida de Duncan ­había intentado ver a su nieto o incluso ponerse en contacto con él. Había escrito a Archie, pero nunca a su único nieto, lo cual hablaba con elocuencia, en lo que a Duncan atañía, sobre los sentimientos de Neville hacia él. Era una posesión prometida, y probablemente Neville no lo veía muy diferente a sus otros objetos de arte: algo estimado y de valor pero que no despertaba en él sentimiento alguno.

Ahora, al verse por primera vez ‑Neville se había detenido en la puerta que daba a su dormitorio y no se movía‑, se estudiaron mutuamente, sorprendidos de que ninguno de los dos respondiera a sus expectativas.

Neville conservaba todo el pelo, aunque había adquirido un color blanco plateado, y lo llevaba cortado justo por debajo de las orejas, como era moda entonces. Y había envejecido bien. No disimulaba los años que tenía, pero apenas le habían salido arrugas y tenía la mirada despierta. La plateada barba de chivo le otorgaba un aire muy distinguido, aunque poco inglés, que quedaba reforzado por su constitución ‑o lo que en su caso podía considerarse fragilidad- y su poca estatura. No obstante, caminaba muy erguido. De hecho, Duncan no se hallaba ante un hombre próximo al lecho de muerte, como había insinuado Henry. Nada más alejado de lo que estaba viendo. Neville parecía gozar de una salud inmejorable.

‑Eres más corpulento… de lo que esperaba ‑fue lo primero que dijo Neville.

En la misma línea, Duncan respondió:

‑Y usted no es tan viejo como esperaba; no está tan mal.

Las palabras rompieron el incómodo silencio. Neville entró en el salón, andando a buen paso, aunque suspiró al sentarse en su pequeño escritorio. Duncan, al no encontrar ninguna silla en todo el salón que no diera la impresión de ir a romperse con tan solo mirarla, se quedó de pie junto a la chimenea. Enseguida averiguó que no había sido buena elección, pues el fuego crepitaba ya incluso antes de que él llegara y seguía haciéndolo. Por ese motivo, hacía un calor excesivo en el salón que, junto al fuego, resultaba inaguantable.

Se dirigió a una de las ventanas y se dispuso a abrirla; las tres que tenía el salón estaban cerradas a cal y canto.

‑Por favor, no lo hagas ‑le pidió Neville y, ante la mirada interrogante de Duncan, añadió, algo avergonzado‑: Me han pedido que tenga cuidado con las corrientes. Por lo visto, mis médicos piensan que mis pulmones no soportarán otro achaque más. Lamentablemente, eso significa que las habitaciones que frecuento deben estar más caldeadas de lo habitual.

‑Entonces, ¿ha estado enfermo?

‑Me pasé el último invierno en cama. Este año me encuentro mejor.

Duncan asintió. Lo había dicho con naturalidad. Neville no estaba lamentándose, tan solo informándole sin más. Duncan permaneció junto a la ventana, donde al menos se estaba un poco más fresco, aunque no lo bastante después de haber estado junto a la chimenea. Sudaba y se quitó la chaqueta.

‑Supongo que eres tan alto como lo fue tu padre, y también tienes su pelo ‑señaló Neville, observándolo.

‑Me han dicho que tengo sus ojos.

‑¿Te importaría… acercarte para que los vea?

La pregunta, casi en tono de súplica, desconcertó a Duncan.

‑¿No tiene buena vista, entonces?

‑Llevo lentes ‑respondió Neville en tono gruñón‑. Pero nunca sé dónde las dejo.

Aquel tono, que le recordó a Archie, casi consiguió relajarle. Tuvo que decirse que aquel anciano no era el abuelo que lo había criado y se había ganado su amor. Este no significaba nada para él.

No obstante se acercó y se quedó frente al escritorio. Le puso bastante nervioso el detallado escrutinio de Neville. Le vinieron ganas de alejarse, pero consiguió contenerse.

‑Elizabeth estaría orgullosa de ti si pudiera verte ahora.

En cierto modo era un cumplido, de Neville, no de su madre. Provocó el efecto de enojar a Duncan en lugar de halagarlo.

‑¿Y cómo puede saber usted lo que ella pensaría, cuando no volvió a verla después de que se casara?

Su amargura era patente. Neville tendría que haber estado sordo para no detectarla y, a su avanzada edad, puede que estuviera perdiendo otras facultades, pero no el oído. Se puso rígido. Si lo que quería era hablar del pasado, no tenía intención de permitirlo. Abruptamente dijo:

‑Lady Ophelia y sus padres llegan hoy. Sería de gran interés para los dos que hicieras un esfuerzo por impresionarla. Aunque ella va a beneficiarse más que tú con este matrimonio, me han informado de que es extremadamente popular en los círculos londinenses y que ha tenido innumerables ofertas aparte de la nuestra, así que, hasta que se celebre la boda, deberás tenerla contenta. Estos jóvenes de hoy ‑ añadió disgustado‑ rompen los compromisos como si tal cosa.

Duncan se preguntó si aquellas últimas palabras se referían a él. Podían ser de la misma sangre, pero Neville nunca había hecho ningún intento por ponerse en contacto con él, ni siquiera por carta, antes de que hubiera llegado el momento de que se cumpliera «la promesa», y aun entonces había sido Archie el destinatario de sus cartas. Era imposible que supiera en qué clase de hombre se había convertido Duncan, a no ser que Archie se lo hubiera explicado.

Frunció el ceño, preguntándose qué le habría contado exactamente en todas aquellas cartas que se habían escrito.

‑Yo no rompo ningún compromiso… cuando lo contraigo, pero aún no he contraído ninguno.

‑¿No te habló sir Henry de tu enlace … ?

‑Me habló del enlace que usted concertó, que no tiene nada que ver conmigo. ¿No se ha dado cuenta todavía, lord Neville, de que tiene ante usted a un hombre hecho y derecho, no a un muchacho que necesita que decidan por él? Estoy aquí por mi madre. Me casaré por Archie, porque parece que él quiere que sea pronto. Pero elegiré yo a mi futura esposa. Si su lady Ophelia me conviene, puede que incluso me case con ella, pero no estoy obligado a hacerlo hasta que sea yo el que me comprometa.

‑Entiendo ‑dijo Neville despacio, sin abandonar su rigidez‑. Has venido a disgusto.

‑¿Eso cree? Yo diría que me desagrada en lo más profundo estar aquí. Alguien (usted, Archie, mi madre) debería haberme puesto al corriente de esa maldita promesa suya antes de que tuviera que hacerlo sir Henry.

Luego Duncan se marchó, antes de que pudiera decir más cosas de las que luego tuviera que arrepentirse. No debería haber revelado sus verdaderos sentimientos. No era esa su intención, al menos no tan pronto.

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Un comentario en “EL HEREDERO- JOHANNA LINDSEY

  1. HOLA Mara he leido esta entrada a ver si mñana en un rato leo lo demás ,esq me gusta leer ay no lo quites por lo menos hasta q haya leido todo lo q tienes vale? un beso cuidate hasta mñanaa

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