EL HEREDERO- JOHANNA LINDSEY

6

 

 

 

Duncan se había echado a reír porque no creía que el atrevimiento de su abuelo inglés pudiera afectarle. Neville Thackeray podía escogerle una docena de futuras esposas. Pero ¿quién iba a obligarle a casarse? Él era un hombre hecho y derecho. Si Neville pretendía dirigirlo y controlarlo como afirmaba su abogado, debería haber mandado a buscarlo antes, cuando él aún no era capaz de tomar sus propias decisiones.

Aquella situación era inaudita. Archibald le había confiado a Duncan la administración de las granjas, las minas y las demás empresas de los MacTavish cuando cumplió dieciocho años. ¿Por qué iba a hacer nada semejante si durante todo aquel tiempo hubiera sabido que Duncan no estaría allí para seguir a cargo de todo? Una promesa hecha antes de que él naciera, que todo el mundo conocía ‑salvo él‑. Francamente inaudito.          

No tenía nada personal en contra de los ingleses. Al fin y al cabo, su propia madre lo había sido, aunque’ después de convertirse en una MacTavish, apenas si había tenido presente su origen. Su hostilidad era visceral, resultado de la desconfianza y el desagrado que había presenciado durante toda su vida. Y no obstante, ¿tenía que marcharse a Inglaterra para vivir entre ingleses? ¿E incluso casarse con una de ellas? Ni soñarlo.

Su buen humor duró poco después de poner al hombrecillo inglés en manos de] ama de llaves de Archibald para que le indicara dónde dormir. Pasó una noche inquieta, sintiendo asombro y enojo ¡ante la magnitud de lo que le habían ocultado. Sin embargo, al final decidió que Archibald debía de tener un plan para eximirlo de cumplir aquella antigua promesa. Y averiguarlo sería lo primero que iba hacer en cuanto se levantara.

Como era de esperar, Archibald ya estaba en la cocina al despuntar el alba. Duncan se unió a él como todas las mañanas. Los dos eran madrugadores. Y en la cocina, la habitación más caldeada de la casa, era donde comían, pues el comedor era grande y frío para solo dos personas.

Así lo habían hecho desde que el último de los cuatro hijos de Archibald, el padre de Duncan, muriera hacía ahora catorce años. Dos de sus hijos habían muerto por no cuidarse y dos debido a la furia de la naturaleza. Los padres de Duncan habían fallecido juntos. Navegaban rumbo a Francia, donde debían firmar unos contratos para comercializar la lana de los MacTavish. El viaje era corto, pero la tormenta fue tan repentina y violenta que el barco jamás llegó a puerto.

Duncan también debería haber ido en aquel barco, pero su marco se manifestó incluso antes de zarpar. Archie, que aquel día se hallaba en el puerto para ver partir a los suyos, había insistido en que se quedara en tierra. Duncan se lo había tomado a mal. Quería viajar. Con siete años, aquel habría sido su primer viaje lejos de casa; y el último.

Al ser el último de sus descendientes directos, Archibald crió a Duncan entre algodones, y lo sobreprotegió tanto que su preocupación a menudo le sofocaba. Pero no podía culpar al viejo. No debía de ser fácil haber sobrevivido a todos sus hijos. Y Duncan era su único nieto.

Otros dos hijos de Archibald habían estado casados antes de morir, pero los tres embarazos de sus esposas no habían prosperado y ellas, al no tener hijos, habían regresado con sus respectivas familias tras la muerte de sus maridos. El último hijo se había ordenado sacerdote. Una caída mientras reparaba el tejado de su iglesia había sido la causa de su muerte.

La vida de Archie había estado sembrada de tragedias. También la de Duncan, al haber conocido a dos de sus tres tíos. No obstante, era asombroso que Archibald no se hubiera convertido en un viejo amargado. Ni siquiera era tan mayor, aunque, desde luego, todos se referían a él como al «viejo». Se había casado joven y sus cuatro hijos habían nacido muy seguidos, en los cuatro años que siguieron a su boda. Su esposa le habría dado muchos más si no hubiera fallecido mientras alumbraba al último.

Sin embargo, no había vuelto a casarse, aunque sin duda podría haberlo hecho, y aún podía. Solo tenía sesenta y dos años. Mantenía casi todo el cabello pelirrojo, aunque ligeramente descolorido. Las canas de las sienes y de la barba le otorgaban un aire distinguido, o más bien lo hacían cuando él se molestaba en arreglarse. No obstante, ahora que había traspasado sus muchos asuntos a Duncan, rara vez salía de casa, de ahí que casi siempre fuera desaliñado.

 

Como no tenía a nadie a quien impresionar aparte de la cocinera, con quien llevaba largo tiempo flirteando y la cual jamás le había tomado en serio, era fácil encontrarse a Archie con la ropa de dormir en pleno día.

Hoy estaba vestido, peinado y limpio, y no parecía muy complacido cuando Duncan se unió a él en la cocina. Eso significaba que le habían puesto al corriente de la llegada del abogado. Bien. Así Duncan pudo ir directamente al grano en cuanto se sentó.

‑¿Por qué no me lo había explicado, Archie?

Archibald torció el gesto, y no porque Duncan le hubiera llamado por su nombre de pila.

No era una falta de respeto, aunque así podría habérselo tomado. Ni tampoco intentó eludir la pregunta simulando que no sabía de qué hablaba.

‑No quería que tuvieras que tomar partido antes de lo necesario.

‑¿Tomar partido por qué? Yo le soy leal a usted, y así será siempre.

Archie sonrió y durante unos instantes pareció bastante halagado. Pero luego dejó escapar un suspiro.

‑Debes saber cómo ocurrió, muchacho. Mi Donald bebía los vientos por tu madre. No deseaba otra cosa aparte de hacerla suya, a pesar de ser inglesa. Pero ella era una jovenzuela, ni siquiera había cumplido los dieciocho. Y a su padre no le hacía ninguna gracia que ella hubiera puesto los ojos en Donald. Ni tampoco quería que viviera tan lejos de casa. Se negó a dar su visto bueno al matrimonio. Se opuso durante casi un año. Pero quería a su hija y no pudo soportar verla consumida por la pena. Así que decidió negociar. Exigió que el heredero de Donald, mi heredero, le fuera enviado cuando alcanzara (alcanzaras) la mayoría de edad. Si ella lo prometía, podría casarse con Donald.

‑Sé el porqué de la promesa, pero no el motivo de haber sido el último en enterarme.

‑Para serte sincero, muchacho, confiaba en que ese cerdo muriera mucho antes y que su abogado no supiera nada de ti. Que hubiera tenido algún pariente en alguna parte a quien legar su maldito título. Pero no, ese condenado va a vivir más que todos nosotros.

Archibald dijo aquellas últimas palabras con tal disgusto que Duncan podría haberse echado a reír de no hallarse en el centro de aquella disputa. Y aún no había oído cuál era el plan de Archie para sacarlo del atolladero. Además, Archie no había respondido aún a su pregunta.

Él se la recordó.

‑¿Y mi madre? ¿Por qué me lo ocultó ella?

‑No te lo ocultó. Tú eras demasiado pequeño cuando murió. Te lo habría contado cuando hubieras sido un poco mayor. Tu madre no estaba descontenta con su promesa. Al fin y al cabo,,era inglesa y le complacía que tú fueras el próximo marqués de Birmingdale después de su padre. Daba mucha importancia a los títulos. Como los ingleses.

‑Debería habérmelo contado usted, Archie. No debería haber esperado hasta el día en que vinieran a buscarme sin que yo lo supiera. ¿Y qué voy a hacer con ese hombrecillo inglés que tenemos en el piso de arriba? Cree que voy a irme con él…

‑Es que vas a hacerlo.

‑¡Ni soñarlo!

Duncan se levantó con tanta brusquedad que tiró la silla al suelo. La cocinera, que se hallaba en el otro extremo de la habitación, se asustó, dejando caer involuntariamente el cuchillo y chillando al ver que había estado a punto de clavárselo en el pie. Miró a Duncan echando fuego por los ojos. Él no se dio cuenta, pues estaba haciendo lo propio con su abuelo. Archibald tuvo la prudencia de no despegar los ojos de la mesa.

‑No puede quedarse ahí sentado diciéndome que no ha encontrado la forma de sacarme de esto ‑prosiguió Duncan acalorado‑. ¿Y quién va a administrar esto si yo me voy?

‑Yo me las apañaba bien antes de que tú te encargaras. No soy tan viejo…

‑Si lo hace, morirá joven…

Esta vez fue la risa de Archie lo que interrumpió a Duncan.

‑No creas que el hecho de que te haya cedido las riendas significa que esté listo para retirarme. No, necesitabas aprender, muchacho, y ponerte al mando era la mejor forma de lograrlo.

‑¿Con qué propósito? ¿Para que pudiera marcharme de aquí y ser un maldito marqués?

‑No, para que aprendieras de primera mano y pudieras enseñárselo a tu hijo.

‑¿Qué hijo?


7

 

 

 

Los dos ancianos habían intercambiado muchas cartas; y habían discutido en infinidad de ocasiones. Duncan lo supo aquella mañana, mientras ignoraba el desayuno que Cook le había servido y en su lugar pedía un trago de whisky, ignorando también la desaprobación con que le miró la cocinera por empinar el codo a aquellas horas. Las discusiones no habían versado en torno a si Duncan iría o no a Inglaterra, sino sobre quién tendría derecho a su primogénito.

‑El que se hará cargo de todo esto ‑explicó Archie‑. Nadie espera que te dividas en dos, Duncan. Aquí tenemos demasiados negocios y en Inglaterra tendrás que asumir demasiadas obligaciones. Eso sería excesivo para cualquiera y la distancia es demasiado grande para que estés yendo y viniendo constantemente.

Los dos querían que él contrajera matrimonio con urgencia para que al año siguiente tuviera ya un hijo, que sería enviado lejos de su hogar; igual que estaban haciendo con él. No les importaba lo que Duncan opinaba sobre la forma en que estaban organizándole la vida. Ya habían acordado entre ellos que si Neville se quedaba con él, lo justo era que Archie se quedara con el primogénito de Duncan.

Se planteó seriamente la posibilidad de subirse a un barco que partiera a un lugar lejano y enviarlos al infierno a los dos. Pero quería a Archie. En aquel momento estaba furioso con él, pero aun así le quería y jamás sería capaz de romperle el corazón de aquella forma.

       No obstante, tenía la sensación de que su vida nunca le había pertenecido. Desde hacía ya tiempo, habían decidido que él acatara las órdenes sin protestar. Tal vez si lo hubieran educado de otra forma, sentirse tan controlado no le habría molestado tanto. Pero los escoceses eran un pueblo furiosamente independiente, sobre todo los habitantes de las Tierras Altas. Ese era el motivo de que Duncan no terminara de‑creerse que Archie tuviera la intención real de cumplir aquella maldita promesa. Entendía que hubiera accedido, sí, para mantener la paz y permitir que Donald se casara con la persona que amaba, pero en último término debería haberla ignorado.

Sin embargo, averiguó por qué se había resignado Archie a cumplir aquella promesa cuando le preguntó sin ambages:

‑¿Y si me niego a ir?

Archie suspiró con tristeza.

‑Quise a tu madre como a una hija. No creí que pudiera hacerlo, siendo inglesa como era, pero era dulce, y enseguida le tomé afecto. Me di cuenta hace mucho, antes de que muriera, de que no podría deshonrarla faltando a mi promesa. Incluso después de su muerte, cuando la decisión era ya solo mía, fui incapaz de mancillar su recuerdo.

‑La decisión debo tomarla yo, Archie, no usted.

‑No, tú no tienes mucha más elección que yo, porque tú también quisiste a tu madre y no mancillarías de esta forma su recuerdo, ¿no es cierto?

Duncan no respondió. Lo que iba a decir se le atragantó. Naturalmente que no podía deshonrar a su madre. Pero en aquellos momentos la odiaba, por haberle puesto en una situación tan deplorable, y aquel sentimiento aumentó el nudo que se había formado en su garganta y amenazaba con asfixiarlo.

Sin embargo, su silencio instó a Archie a añadir:

‑Aún no ves lo mucho que gané demorando tu partida. Si el viejo Neville te hubiera tenido cuando pretendía, hace tres años, habrías estado por completo a su merced. Ahora averiguará que debe tener cuidado con lo que te pide, que tan fácil podría obtener un no como un sí. Por tu madre vas a asumir las obligaciones que ella de tan buen grado te legó, pero tú puedes hacer las cosas a tu manera, no a la de Neville.

Aquel comentario alentador no surtió efecto en Duncan, cuyo único deseo en aquellos momentos era devolver a Henry Myron a Inglaterra de un puntapié, solo. La idea le resultaba tan atrayente que estuvo a punto de ponerla en práctica. Ninguno de ellos, ni su madre ni sus dos abuelos, habían considerado las preferencias de Duncan. Él llevaba toda su vida en las Tierras Altas. ¿Cómo podían pensar que querría vivir en otro sitio? Con título o sin él, con fortuna o sin ella, no quería vivir en Inglaterra.

Pero si había una forma fácil de manipular a Neville Thackeray, como al parecer había hecho Archie, Duncan quería saberlo. Así pues, recogió la silla del suelo y volvió a tomar asiento, preguntándole a Archie:

‑¿Y cómo consiguió posponer mi partida?

Archie sonrió, orgulloso de su éxito y de su forma de lograrlo.

‑Primero argüí que tú también eras mi heredero y que, como ya estabas conmigo, iba a costarle mucho apartarte de mí.

‑¿Cuando usted ya tenía pensado sacrificarme? ‑dijo Duncan con amargura.

‑Uf, muchacho, ojalá esto no te contrariara tanto. Era un farol, sí, lo que le dije, pero él no lo sabía. Pasamos casi seis meses intercambiándonos amenazas, luego otros nueve meses discutiendo hasta que le dije que me conformaría con tu primogénito, al cual él no quería renunciar. Sé que Neville pensaba que si tú no te adaptabas bien podría moldear a tu hijo para que ocupara tu lugar. No obstante, no estaba siendo realista si creía que iba a vivir lo bastante como para poder influirle.

‑¿Y usted sí?

Archie se echó a reír.

‑Tú tampoco estás siendo realista, Duncan. Como heredero mío, además de suyo, te alegrarás de tener un hijo, o dos o tres, a quienes legar todo lo que te dejamos. Enviar a Escocia a tu primogénito enseguida solo obrará en su beneficio. Pero sí, yo viviré muchos más años que ese cerdo, y él lo sabe.

‑Usted solo ha hablado de quince meses ‑musitó Duncan‑. ¿Qué ha demorado mi partida hasta ahora?

‑Pues bien, hablar de niños llevó de forma natural a hablar de esposas. Él insistía en que te casaras con una inglesa. No quería ceder en eso, pero pasaron otros cinco meses mientras nosotros… bueno, «hablábamos» de ello. Yo insistí entonces en que la muchacha fuera la más bella de todas, y él tardó lo suyo en encontrarla.

‑Una señorita inglesa, imagino.

Archie se rió.

‑Sí. Eso fue lo que le llevó tanto tiempo. No era fácil que tuviera título y fuera la más bella.

‑Y sin embargo no ha sido más que una pérdida de tiempo ‑respondió Duncan, añadiendo‑: Puede que vaya a Inglaterra, pero no voy a casarme con alguien que no he visto en mi vida.

‑No te hagas cruces por eso, muchacho. Insistir en que te encontrara esposa fue otra de mis estratagemas para retrasar las cosas. Si no quieres casarte con la muchacha más bella de toda Inglaterra por tu obstinación, nadie va a insistirte. Bueno, tal vez Neville lo haga, pero, como ya he dicho, tienes edad suficiente para negarte y no dar tu brazo a torcer.

‑Esto no tiene nada que ver con ser obstinado ‑replicó Duncan, alzando la voz con irritación.

‑Por supuesto que no.

Aquel tono tan condescendiente le valió a Archie una mirada de pocos amigos.

‑Yo elegiré a mi esposa, eso es todo. No es más de lo que cualquier hombre espera hacer, incluido usted.

‑Y me alegra oír eso. Pero ¿por qué quemar el puente antes de atravesarlo? Échale un vistazo a la muchacha que Neville te ha buscado antes de rechazarla. Tal vez te guste. De lo contrario, al menos haz un esfuerzo por encontrar otra.

Duncan bufó.

‑No tengo nada en contra del matrimonio, Archie, pero aún soy demasiado joven para pensar en ello.

‑Y yo soy demasiado viejo para no hacerlo. Puede que sobreviva a Neville, y entretanto encontraré a alguien que me ayude aquí, pero yo no cederé por completo las riendas de esto hasta saber que tu hijo tiene edad suficiente para relevarme.

Lo cual significaba que Archie estaba de acuerdo con Neville en que Duncan debía casarse de inmediato. Se trataba de uno de los pasos más cruciales de su vida y los dos le presionaban.

Duncan salió de la cocina muy disgustado. Iría a Inglaterra. Pero se preguntaba si su abuelo Neville se alegraría de su llegada.

 

 

 

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2 comentarios en “EL HEREDERO- JOHANNA LINDSEY

  1. wenas noches ya vendré con tiempo pa leer todo jamia q me perdido muchos capitulos cuidate un beso ,q no me olvido de ti q anda muy liaaaa agurrrrr

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