EL HEREDERO-JOHANNA LINDSEY

4

 

 

 

No era una noche para viajar al extranjero; era posiblemente la peor noche del año: el viento levantaba la nieve, que se arremolinaba e impedía la visión, incluso sosteniendo el farol en alto. Y hacía mucho frío. Sir Henry Myron no había experimentado un frío tan glacial en toda su vida.

En Inglaterra, el tiempo no habría sido tan extremo; sin duda un poco de nieve no le habría contrariado. Pero tan al norte, en las Tierras Altas escocesas, bastante esfuerzo le costaba ya no congelarse como para que la nieve empeorara aún más las cosas. Para sir Henry, que tenía la misión de desplazarse hasta allí, era un misterio que alguien pudiera vivir en un clima tan duro y aún más que pudiera gustarle.

Ya habían superado la peor parte del camino, un estrecho sendero que ascendía por una montaña de poca altura. Henry no la habría llamado montaña. Parecía más bien una gigantesca roca que sobresalía de la tierra, sin árboles ni hierba, una gran mole de granito, colocada en medio del camino, que inevitablemente había que superar. Y la única forma de seguir adelante era ascender por ella a pie o a caballo.

Sir Henry había tenido que dejar su carruaje en una iglesia cercana. Su guía ya le había advertido que tendría que hacerlo y, por ese motivo, había arrendado una montura para la última etapa del trayecto, que discurría por estrechos caminos.

Deberían haber pasado la noche en aquella iglesia. El capellán les había ofrecido cobijo. Pero estaban tan próximos al final del viaje, tan solo a una hora, que Henry había insistido en seguir adelante. Entonces aún no nevaba. La nieve había venido del otro lado de aquella inmensa roca, o montaña de escasa altura, torpedeándolos sin piedad en cuanto alcanzaron la cima.

Henry estaba empezando a temer que pudieran extraviarse y morir congelados. Que sus cuerpos no fueran descubiertos hasta el deshielo de la próxima primavera. Resultaba imposible ver incluso a medio metro de distancia y, no obstante, el guía no se detenía, como si él pudiera ver el sendero, ahora cubierto de nieve, como si supiera exactamente adónde iba. Y lo sabía…

La gran casa señorial de piedra apareció en la oscuridad salpicada de blanco con tal brusquedad que sir Henry no se enteró de que habían llegado a su destino hasta que estuvieron en la misma puerta. El guía empezó a aporrearla. Henry apenas oía nada, tan fuerte era el aullido del viento. Pero la puerta se abrió, dejando salir el calor del interior, y los dos fueron llevados hasta un gran fuego crepitante.

Henry estaba aterido. Al cabo de un rato, empezó a deshelarse y, justo después, se puso a temblar. Una mujer, llevándose las manos a la cabeza, les riñó por haber sido tan necios como para venir con aquel temporal; al menos, eso era lo que él creía entender. No estaba muy seguro, porque la mujer hablaba con un cerrado acento escocés. Pero le puso varias mantas de lana sobre los hombros y una taza de whisky caliente entre las entumecidas manos, y se quedó allí para asegurarse de que se bebía hasta la última gota, lo cual él hizo de muy buen grado.

Poco después, Henry empezó a pensar que, después de todo, tal vez él y los dedos congelados de sus pies fueran a sobrevivir; un doloroso descubrimiento, aunque grato a pesar de todo, cuando las extremidades empezaron a recobrar la sensibilidad. Por fin pudo fijarse en lo que le rodeaba.

Se sorprendió. No estaba seguro de lo que esperaba encontrar en el hogar de un rico lord escocés, en uno que además estuviera tan aislado como este. A decir verdad, esperaba algo de aire medieval, una vieja fortaleza decrépita tal vez, o sencillamente una gran casa solariega. A fin de cuentas, los MacTavish eran ovejeros, o eso le habían dicho.

Pero lo que estaba viendo era algo completamente distinto: aunque no se parecía a las casas señoriales que abundaban en los condados de Inglaterra, la estructura era la misma. Construida por entero con piedra ‑Escocia no era conocida por su abundancia de madera‑ podría haber tenido el mobiliario y las comodidades de una casa señorial y, sin embargo, lo que debería haber sido un gran salón, parecía en cambio una vieja sala medieval.

El diseño de la casa era moderno. Sus ocupantes, aparentemente, no. Parecía que su constructor la hubiera edificado a modo de protesta, que hubiera crecido en algún antiguo castillo y que estuviera decidido a conservar un estilo que para él debía ser el más acogedor.

Mesas con caballetes y bancos de madera bordeaban las paredes empapeladas con motivos florales. A Henry no le cupo la menor duda de que los sacaban a la hora de cenar para acomodar a la familia, cuyos miembros comían juntos, como en los viejos tiempos. Las ventanas no tenían cortinas, sino que estaban cubiertas por pieles de oveja, aún con el vellón. Aunque entendía que las pieles resguardaban mejor del frío que una cortina, ¿era imprescindible que fueran de oveja? No había ningún sofá ni ninguna silla cómoda a la vista, solo unos cuantos bancos sin cojines cerca del fuego. Y había heno en el suelo.

Cuando reparó en él, se quedó mirándolo y, finalmente, meneó la cabeza. Después de todo, no se había equivocado. Los MacTavish de las Tierras Altas vivían realmente como en la Edad Media.

Pero allí no había ningún MacTavish, ni ninguna otra persona, aunque aún era pronto. La gran sala medieval estaba vacía, a excepción de la mujer, que ahora regresaba con otras dos tazas de whisky caliente. Aunque ahora no estaba sola. Pisándole los talones venía un joven espigado que se detuvo en el umbral para saludar al guía de Henry con un movimiento de cabeza; por lo visto se conocían. El guía le había dicho que no era la primera vez que venía a la casa. Luego, aquel hombre clavó la mirada en Henry.

Después del rato que llevaba contemplando lo que debería haber sido un salón moderno, Henry no se habría sorprendido si los habitantes de la casa hubieran aparecido vestidos con pieles de oso, o mejor dicho, de oveja. Pero no, los escoceses también llevaban pantalón y levita. El joven podría haber paseado por una elegante calle de Londres sin llamar la atención, salvo tal vez por su estatura ‑debía de medir un metro ochenta‑ y su corpulencia.

No obstante, el joven no dijo nada, y no parecía muy complacido de que hubiese llegado un desconocido. O tal vez aquella mirada de pocos amigos fuera normal en él.

Henry se sintió muy desconcertado. Casi lo doblaba en edad y, aun con todo, el joven consiguió intimidarlo durante unos instantes… Bueno, no era de extrañar. Los habitantes de las Tierras Altas no tenían nada que ver con los afables escoceses del sur, quienes llevaban siglos tratando con los ingleses. El progreso social se había estancado en aquellos distantes confines del reino, tan aislados a causa del abrupto relieve y del clima. Muchos de los clanes del norte escocés vivían exactamente igual que sus antepasados: con privaciones pero obedeciendo estrictamente al jefe de su clan.

Lord Archibald MacTavish no era jefe de clan alguno, pero sí de una pequeña parte de él y, sin duda, de su familia, que abundaba en primos lejanos pero que, por desgracia, carecía de un heredero inmediato, ya que él había sobrevivido a sus cuatro hijos. Y por aquel motivo, la visita de Henry no iba a ser bien recibida. Tendría suerte de que no lo echaran a patadas en cuanto revelara su identidad.

Sin embargo, el joven de la puerta no podía saber quién era. Así pues, sus poco cordiales modales no guardaban ninguna relación con él. Tal vez fueran innatos, o quizá los reservara únicamente para los ingleses. Y él sabía que Henry lo era, pues había hablado con la mujer que lo había ayudado y había sido ella, obviamente, la que había ido en busca del muchacho.

El joven entró en la sala con paso firme. Y cuando se acercó a la luz del fuego y de las dos teas que ardían a cada lado de la repisa de la chimenea ‑la única iluminación que había en toda la habitación‑, Henry vio que no era tan joven como había creído en un primer momento. Debía de tener unos veinticinco años. La madurez de su mirada, cuando menos, indicaba que era mayor, aunque desde lejos pareciera mucho más joven.

‑Si este hombre no estuviera con usted, señor ‑el joven señaló al guía de Henry con la cabeza‑, pensaría que se había extraviado. Así pues, ¿qué quiere un inglés de Archie MacTavish?

Henry le reveló su identidad con diligencia, adoptando un tono convenientemente grave.

‑Me hallo aquí con motivo de un asunto urgente y de no poca importancia. Soy el abogado de lord Neville Thackeray, que es…

‑Sé quién es Thackeray ‑le interrumpió el joven con impaciencia‑. Entonces, ¿aún está vivo?

Bueno, sí, al menos lo estaba cuando salí de Inglaterra, aunque no sé hasta cuándo. No ha estado bien, ¿sabe? Y con su avanzada edad, nadie puede decir cuándo empeorará.

El joven asintió con brusquedad y luego dijo con su cantarín acento escocés:

‑Venga a mi despacho. Está más caldeado. Aquí hay muchísima corriente.

‑¿Su despacho?

Henry mostró tal sorpresa que cuando el joven arqueó la ceja en señal de interrogación no se sorprendió. Luego, de improviso, su anfitrión se echó a reír sonoramente.

‑¿No me diga que se ha tragado la broma del viejo Archie?

Con rigidez, porque no estaba habituado a ser el blanco de broma alguna, Henry respondió:

‑¿Y qué broma es esa?

‑Esta habitación, por supuesto ‑respondió el hombre, aún sonriente‑. Insiste en que traigan a los forasteros a esta habitación, en lugar de llevarlos a la parte normal de la casa. Le divierte, sí, la idea que de ese modo se hacen de él.

Henry se ruborizó, evidenciando que había mordido el anzuelo.

‑Entonces, ¿he de deducir que esta habitación no se utiliza mucho, salvo cuando hay visitas?

‑Oh, no. Tiene su uso, cuando las ovejas crían más de lo debido y no caben en los graneros durante las nieves. Y, naturalmente, en la temporada del esquileo, cuando vienen MacTavish de otros lugares y necesitamos una sala grande para poder comer juntos. Esta sirve bien a ese propósito.

Henry no supo distinguir si lo que acababa de decirle era parte o no de la broma. Prefería no averiguarlo, y la alusión a un caldeado despacho resultaba muy sugerente, por lo que no dudó en seguir al joven.

El resto de la casa era muy acogedor y la decoración era tan suntuosa como cabría esperar. Si Henry no hubiera tenido tanta prisa en ponerse junto al fuego ni hubiera estado todo tan oscuro, tal vez se habría dado cuenta de que antes lo habían llevado a un establo convertido en salón. Pero, ahora que habían dejado una lámpara sobre la mesa de la sala, era fácil ver las habitaciones que lo rodeaban y vislumbrar su hermosa decoración.

El despacho al que fue conducido era pequeño pero pulcro. Y tenía un gran brasero encendido en un rincón, lo cual indicaba que el joven se hallaba allí cuando Henry llegó.

El abogado estaba empezando a pensar que había sido el agente de Archibald o el administrador de sus propiedades quien había salido a recibirlo, pero ya había hecho bastantes conjeturas, equivocadas por demás, así que le preguntó educadamente quién era en cuanto se acomodó en el mullido sillón de piel frente a su escritorio.

La respuesta, «soy un MacTavish, naturalmente», no fue en absoluto esclarecedora, habida cuenta que todas las personas de aquella propiedad llevaban ese apellido, pero, a esas alturas, Henry estaba demasiado cansado a causa del viaje y del mal tiempo como para intentar sonsacarle nada más.

‑¿Ha sido lord Archibald informado de mi llegada.? ‑prefirió preguntarle.

‑A estas horas el viejo ya está en la cama. Es muy madrugador ‑fue la respuesta del joven‑. Pero puede explicarme a mí qué es lo que quiere usted de él.

Ya fuera su agente o su secretario, todo indicaba que aquel hombre se encargaba de llevar los asuntos de Archibald. Incluso tenía un despacho en la casa, por lo que Henry no encontró ningún motivo para no responderle.

‑He venido en busca del nieto de lord Neville.

Curiosamente, su respuesta pareció divertir a aquel MacTavish. Había curvado un poco los labios, casi de forma imperceptible, pero lo había hecho. No obstante, su tono despejó cualquier atisbo de duda. El humor era patente.

‑¿De veras? ‑respondió despacio‑. ¿Y qué ocurre si su nieto no desea irse con usted?

Henry suspiró para sus adentros. No debería haberse rebajado a tratar con empleados.

‑En realidad, debería estar tratando este asunto con lord Archibald ‑dijo.

‑¿Eso cree? ¿Incluso si el nieto tiene ya edad para tomar sus propias decisiones?

Henry estaba lo bastante cansado como para enfadarse.

Aquí no hay nada que decidir, joven ‑dijo crispado‑. Se selló una promesa y lord Neville exige su cumplimiento.

Ante aquellas palabras, el joven se inclinó hacia delante. La preocupación que ahora reflejaba su rostro era muy desconcertante.

‑¿Qué promesa?

‑Lord Archibald está al corriente, y sabe que ha llegado la hora…

‑¿ Qué… maldita… promesa? Yo soy nieto de los dos y yo decidiré si existe promesa alguna que haya que cumplir en lo que a mí respecta.

‑¿Es usted Duncan MacTavish?

‑Sí, y ya puede empezar a explicarme de qué diablos va todo esto.

 

 

 

5

 

 

 

Por el amor de Dios, ¿no se lo han explicado?

Duncan MacTavish se había levantado y estaba apoyado en el escritorio; hablaba prácticamente a gritos:

‑¿Tiene usted la impresión de que sé de qué habla?

Henry no daba crédito a sus oídos. Duncan tenía veintiún años. Él lo sabía a ciencia cierta. Y en todo aquel tiempo, ¿nadie se lo había contado, ni siquiera sus padres? Lord Neville tampoco había advertido a Henry de que su nieto no estaba al corriente. Ahora dudaba que el propio Neville tuviera conocimiento de ello.

Henry también se reprendió por no haberse percatado antes de quién era Duncan. Después de todo, tenía los mismos ojos que Neville, de un azul muy oscuro. También la nariz mostraba el porte patricio por el que se distinguían los Thackeray; todos los antepasados retratados en la galería de Summers Glade, como mínimo, tenían exactamente la misma nariz. No obstante, el joven Duncan no guardaba más parecido con el marqués que aquel. Aunque Henry no lo había conocido cuando era joven, había visto un retrato en el que Neville tenía más o menos la misma edad que Duncan.

Neville Thackeray, cuarto marqués de Birmingdale, no tenía ningún rasgo por el cual despuntara o llamara particularmente la atención. En su juventud, había sido un aristócrata de aspecto corriente y no había mejorado mucho con la edad, ahora que era casi octogenario. Su joven nieto, en cambio, era justo lo contrario.

Duncan debía de haber heredado la corpulencia y la elevada estatura de los MacTavish. Desde luego, era pelirrojo, como ellos. Y era muy apuesto, aunque de una ruda apostura. Y era precisamente aquella rudeza, su tosca virilidad combinada con su corpulencia, lo que confundía respecto a su edad.

Henry sabía cuántos años tenía, pero, de no haber sido así, habría jurado que era mucho mayor. Puede que las Tierras Altas hicieran envejecer de forma prematura, su extremo clima, y las penalidades que entrañaba vivir en aquel lugar tan aislado.

En cuanto a la pregunta que Duncan acababa de hacerle, Henry deseó que Archibald MacTavish estuviera allí en aquel preciso instante. Él estaba al corriente de la promesa, y de las que habían venido después, las que habían acordado los dos ancianos, después de enviarse un sinfín de cartas poco amistosas. Debería haberle explicado la situación al joven Duncan antes de que Henry se hubiera presentado allí.

‑Fue una promesa que hizo su madre antes de que usted naciera ‑dijo Henry al fin­. De lo contrario, no podría haberse casado con su padre. Aunque ella lo hizo de buen grado. Amaba a su padre. Y nadie puso objeciones en ese momento, y menos su padre, desde luego, puesto que quería hacerla suya a toda costa (él también la amaba), ni el padre de él, Archibald.

‑Sir Henry, si no me dice de una vez por todas de qué ‑promesa se trata, soy capaz de echarlo ahora mismo.

Duncan habló con mucha serenidad. Incluso su expresión se hizo inescrutable. No obstante, Henry no abrigó ninguna duda de que no bromeaba. Y apenas podía culparlo por su turbación. ¿Por qué no lo había puesto nadie al corriente hasta ahora?

‑Su madre prometió que usted, o mejor dicho, su primogénito, que resulta ser usted, sería el heredero de lord Neville si él no tenía descendencia, como ha sido el caso.

Duncan se reclinó en el asiento.

‑¿Eso es todo?

Henry no estaba seguro de si debía proseguir. Sin lugar a dudas, cualquier otro joven habría pensado que aquel era el día más afortunado de su vida: era el heredero de un gran lord y no se había enterado hasta entonces. Pero también sabía qué opinaban de los ingleses los habitantes de las Tierras Altas, y Duncan MacTavish se había criado en Escocia. Tampoco había llegado a conocer a su abuelo inglés, ni había puesto jamás un pie en Inglaterra.

‑¿Se da cuenta del gran honor que esto representa, lord Duncan? ‑enfatizó Henry.

‑Yo no soy lord, así que no me llame…

‑Sí que lo es ‑se apresuró a interrumpirle Henry‑. Ya ha heredado uno de los títulos menores de lord Neville, junto con sus tierras…

‑¡Pues peor para él! ‑Duncan había vuelto a ponerse en pie‑. No van a convertirme en un inglés solo porque ese anciano lo quiera.

‑Usted es medio inglés.

Aquello le valió a Henry una mirada de profundo disgusto que le hizo titubear, aunque Duncan respondió de nuevo sin alzar la voz. Era asombroso con cuánta facilidad podía pasar de la ira a la calma y viceversa.

‑¿Sabe usted que yo no tengo por qué aceptar ese título inglés? ‑preguntó Duncan.

‑¿No se da cuenta de que va a convertirse en el marqués de Birmingdale lo quiera o no?

Se hizo un largo e incómodo silencio, al menos para Henry, y Duncan apretó los dientes antes de decir:

‑Entonces, ¿por qué ha venido hasta aquí para contármelo, cuando, como usted ha dicho, el marqués aún no ha muerto?

‑Ya ha alcanzado usted la mayoría de edad. Una parte de la promesa de su madre era que usted fuera conducido en presencia de lord Neville en ese momento, si él aún estaba vivo, y lo está, para que él pudiera instruirle personalmente sobre sus responsabilidades, y también para ver cómo sentaba usted la cabeza antes de morir.

‑¿Sentar la cabeza?

‑Casarse.

‑Entonces, supongo que incluso ha escogido una esposa para mí ‑dijo Duncan con sarcasmo.

‑Bueno, sí, en realidad sí ‑respondió Henry, muy a su pesar.

No obstante, fue en este punto cuando Duncan MacTavish se echó a reír de manera ostentosa.

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