EL HEREDERO – JOHANNA LINDSEY

1

 

 

      

Estaban junto a la ventana, contemplando el inhóspito jardín ajado por el invierno por donde paseaba la muchacha. Era pequeño, aunque la casa era grande y se hallaba en una elegante zona de Londres; sencillamente, ninguna de las casas de la manzana disponía de terreno suficiente para dedicarlo a esos menesteres.

       Lady Mary Reid, su anfitriona, se había esmerado en el cuidado de su pequeña parcela de tierra, a diferencia de la mayor parte de sus vecinos, quienes no teman otra cosa que césped.

Y ellas sabían que podrían encontrar a su sobrina, Sabrina, que adoraba estar al aire libre en cualquier época del año, en aquel pequeño trozo de tierra.

Las dos mujeres contemplaron a Sabrina, pensativas y en silencio. Alice Lambert tenía el ceño fruncido. Su hermana Hilary, que le llevaba un año, parecía bastante abatida.

‑Creo que nunca había estado tan nerviosa, Hilary ‑le susurró Alice a su hermana.

‑Ni yo, ahora que lo dices ‑respondió Hilary con un interminable suspiro.

Físicamente, costaba creer que fueran hermanas. Hilary se parecía a su padre: alta, delgada en extremo, con el cabello castaño y sin brillo y los ojos azul claro. Alice era casi idéntica a su madre: de baja estatura y entrada en carnes, pero con una lustrosa mata de pelo castaño y unos ojos azules con reflejos violetas.

Eran hermanas, pero no se llevaban demasiado bien. A menudo discutían. No obstante, por una vez, estaban de acuerdo. Su sobrina, a la que habían criado prácticamente desde su nacimiento, iba a ser presentada en sociedad aquella noche y las dos estaban preocupadas. Por desgracia, tenían una buena razón para estarlo.

No les preocupaba que Sabrina no fuera a destacar o que no estuviera a la altura. Aunque no era una gran belleza como Ophelia, la hija de Mary, que también había celebrado su puesta de largo aquel año, Sabrina tenía cualidades. Tampoco les preocupaba su posición social. El abuelo de Sabrina había sido conde y su bisabuelo duque. Ella solo recibía el tratamiento de Honorable, pero lo cierto era que sus tías no esperaban casarla con nadie que ostentara un título de renombre, ni siquiera con una gran fortuna. En lo que a las hermanas Lambert respectaba, cualquier esposo de buena posición serviría.

No. Sus preocupaciones no eran las que solían tenerse cuando una muchacha de campo era presentada en sociedad con el fin de encontrar esposo. Se trataba de algo muchísimo más personal y estaba relacionado con el porqué de que ninguna de las dos se hubiera casado jamás. A ambas les atemorizaba que el viejo rumor que había acosado a su familia durante tres generaciones resurgiera después de tantos años.

Pero ninguna de las dos deseaba mencionar el motivo de su nerviosismo. De mutuo acuerdo, jamás hablaban de las tragedias del pasado.

‑¿Crees que ese abrigo de lana es lo bastante recio? ‑preguntó Alice, con el ceño aún fruncido.

‑¿Acaso crees que le importa?

‑Pero el viento va a cortarle la piel de la cara. ¿Y qué impresión causará eso en su primer baile?

Mientras seguían contemplando a su sobrina, el viento arrastró hasta los pies de Sabrina una hoja caída que le había pasado inadvertida al jardinero de lady Mary. Al verla, la muchacha adoptó la postura de un espadachín, como si tuviera un auténtico estoque en la mano en lugar de uno imaginario, y fingió ensartarla. A continuación se echó a reír y la recogió, lanzándola al aire, el fuerte viento invernal la recogió y la hizo desaparecer.

‑No se toma en serio lo del matrimonio ‑dijo ahora Hilary.

Sabrina debería estar tan nerviosa como sus tías, si bien por razones distintas, pero en lugar de ello parecía ser la persona más feliz del mundo.

‑¿Cómo va a tomárselo en serio sabiendo que ninguna de las dos nos hemos casado y que eso no nos ha perjudicado?

‑Me temo que le hemos dado una impresión equivocada. No es que no deseáramos o esperáramos casarnos cuando teníamos su edad. Lo que sucede es que ahora estamos bastante contentas de no haberlo hecho.

Y lo decían de verdad. Ninguna de las dos mujeres lamentaba realmente haberse quedado soltera. Lo que tal vez podrían haber llegado a lamentar es no haber concebido un hijo, pero Sabrina, a quien habían criado desde que apenas tenía tres años, había colmado su instinto maternal por completo.

Tal vez algunos las llamaran solteronas y sostuvieran que sus agrias riñas se debían a su estado civil, pero iban muy errados. Las dos hermanas discutían desde que eran niñas. Lo llevaban en la sangre.

Como si de repente se hubiera dado cuenta de que estaba posibilitando una tregua involuntaria, Hilary dijo con brusquedad:

‑Llámala. Es hora de prepararla.

‑¿Tan pronto? ‑protestó Alice‑. Pero si aún quedan unas horas antes de que…

‑Arreglarla como es debido nos llevará tiempo ‑la interrumpió Hilary.

-Oh, cielos, a ti a lo mejor sí, pero…

‑¿Y tú qué sabes de eso, si ni siquiera tuviste una puesta de largo como es debido? ‑volvió a interrumpirla Hilary.

‑¿Acaso la tuviste tú? ‑le rebatió Alice.

‑Eso no quiere decir nada. Mary ha mencionado muchas veces en sus cartas que ella misma empieza a prepararse en cuanto se levanta por la mañana.

‑Ponerse ese corsé tan ceñido ya debe de ocuparle todo el día.

Hilary se ruborizó, incapaz de rebatir aquella acusación relativa a su amiga de infancia, que había tenido la amabilidad de alojarlas en su casa mientras estuvieran en Londres, donde ellas no poseían casa propia. Mary había engordado muchísimo con el paso de los años, hasta el punto de que Hilary casi no la reconoció al llegar a la ciudad el día anterior.

Lo único que pudo argüir fue:

‑Incluso su hija empieza a arreglarse a mediodía.

‑Ophelia disfruta mirándose en el espejo, de eso no hay duda ‑gruñó Alice.

– Deberías saber…

Las hermanas salieron de la habitación sin dejar de discutir, una situación que para ellas era el pan de cada día. Cualquier persona que las hubiera oído hablar entre susurros mostrándose de acuerdo durante aquellos breves instantes lo habría encontrado increíble; al menos así habría sido para la sobrina de la que habían estado hablando.

 

 

2

 

 

 

 

Sabrina Lambert sí estaba nerviosa, pero por consideración a sus tías intentaba disimularlo lo mejor que podía. Su puesta de largo estaba planeada desde hacía un año, lo cual había provocado varios viajes a Manchester para aumentar su vestuario. Y sabía que sus tías estaban muy ilusionadas. Por eso estaba nerviosa. No deseaba decepcionarlas, habían puesto mucho empeño en su debut.

No obstante, Sabrina era realista, a pesar de que ellas no lo fueran. No esperaba encontrar marido en Londres. La gente de ciudad era demasiado sofisticada y ella no era más que una sencilla muchacha de campo. Estaba habituada a conversar sobre cosechas, arrendatarios o el clima, mientras que en los círculos de Londres la gente se dedicaba a divulgar rumores -rumores malintencionados‑ sobre los demás. Y había docenas de señoritas como ella que acudían a Londres con el mismo propósito, puesto que se consideraba el lugar ideal para encontrar marido.

Sabrina empezó a relajarse a medida que transcurría la tarde. Le tranquilizaba contar con la amistad de Ophelia, que era inmensamente popular. No era de extrañar. Ophelia había nacido y crecido allí. Conocía a todo el mundo, estaba al corriente de los rumores e incluso colaboraba en la divulgación del chismorreo más reciente, aun cuando versara sobre su persona. Llevaba Londres en la sangre. Y su puesta de largo había coincidido con el inicio de la temporada social, hacía tres semanas.

De todas formas, haber asistido al primer baile de la temporada no habría cambiado mucho las cosas, pues Ophelia estaba destinada a ser el éxito del año; tal era su hermosura. E, irónicamente, ni siquiera buscaba marido: ya tenía prometido, aunque aún no lo conocía. Su puesta de largo había sido un mero trámite; al menos así lo creyó Sabrina hasta descubrir que Ophelia no estaba precisamente contenta con el esposo que sus padres le habían buscado y que tenía intención de hallar uno mejor.

Sabrina encontraba de verdadero mal gusto la forma en que se proponía conseguirlo: pretendía difamar y ridiculizar a su prometido en cuanto le surgiera la oportunidad y ante todo aquel que le prestara oído. Pero, por lo que había podido observar, así era como se deshacía una en Londres de un prometido no deseado.

Sabrina podría haber sentido lástima por el hombre en cuestión, quien aparentemente ni siquiera se hallaba en Inglaterra para poner fin a los rumores que Ophelia estaba difundiendo sobre él, pero no le correspondía a ella salir en su defensa. Después de todo, podían ser ciertos. ¿Cómo iba a saberlo?

Por otra parte, la madre de Ophelia era su anfitriona y una buena amiga de tía Hilary. Aunque a lady Mary sin duda le habría gustado saber a qué se dedicaba su hija para poder intervenir, a, Sabrina no le parecía bien ser ella quien la pusiera al corriente. Ophelia le había ofrecido su amistad, le estaba presentando a todas sus amigas. Sería como traicionarla. Y, por otra parte, a sus tías no les gustaba el abuelo de su prometido…

Aquello era lo más extraño de todo y probablemente ese era el motivo de que Sabrina sintiera lástima por él. Curiosamente, era vecino de Ophelia o, mejor dicho, lo era su abuelo. «Pasmarote», así es como lo llamaban sus tías, «misántropo», y, cuando creían que ella no podía oírlas, «cerdo». Sabrina no lo conocía. Era un verdadero misántropo que apenas se alejaba de sus tierras. Y para sus tías había sido toda una sorpresa enterarse de que tenía un nieto. En realidad, se habían burlado al conocer la noticia de que Ophelia estaba prometida con aquel hasta entonces desconocido heredero. ¿Nieto de quién … ? No sabían quién era ni habían oído hablar de él jamás.

No obstante, según lady Mary, había sido el marqués en persona quien se había puesto en contacto con su esposo y concertado el matrimonio en nombre de su nieto. Naturalmente, los Reid no habían desaprovechado la oportunidad de que su hija se casara con un miembro de tan noble familia, cuyo título heredaría el nieto. Tampoco era un inconveniente que el marqués fuera muy rico y que toda su fortuna estuviera destinada también a su nieto. Solo Ophelia estaba descontenta con aquel matrimonio. Bueno, Ophelia y sus muchos fervorosos admiradores.

Los tenía en abundancia. Los hombres jóvenes se arremolinaban a su alrededor, hipnotizados por su belleza, y aparentemente esa había sido la tónica general de todos los romances que había tenido hasta la fecha. Pero ¿cómo podía ser de otra forma? Ophelia era rubia y tenía los ojos azules. Eso ya la hacía especial. Pero también poseía unas exquisitas facciones y una figura que, a diferencia de la de su madre, era esbelta y proporcionada.

Sabrina, en cambio, no podía adjudicarse ninguno de aquellos atractivos atributos. Era de baja estatura, pues apenas rebasaba el metro y medio, lo cual no habría sido grave si no hubiera tenido los senos tan generosos ni las caderas tan anchas. En conjunto, con aquella estrecha cintura, su figura resultaba excesivamente curvilínea.

Pero ni tan siquiera eso habría supuesto un problema si al menos hubiera tenido el cabello y los ojos de los colores que entonces estaban en boga. Sin embargo, era justo al revés. Tenía el pelo de color castaño, pero no brillante sino de un tono apagado. Y sus ojos, que eran sin lugar a dudas su rasgo más destacable, al menos eso pensaba ella, tenían el color de las lilas, pero estaban ribeteados de un violeta más oscuro, lo cual sorprendía bastante a las personas que los miraban por primera vez.

Sabrina se dio cuenta de ello al comprobar que todas las personas que le presentaban, ya fueran hombres o mujeres, se quedaban mirándole los ojos durante tanto tiempo que la incomodaba, como si no acabaran de creerse que fueran de aquel color. Y para colmo, sus facciones eran corrientes: no era en absoluto fea, pero tampoco podía considerarse bonita. «Corriente» era la palabra idónea para describirla.

En realidad, Sabrina nunca había estado descontenta con su aspecto hasta conocer a Ophelia y descubrir lo que era una auténtica belleza. Como la noche y el día, no había comparación posible entre ellas dos. Probablemente fue ese el motivo de que aquella noche Sabrina empezara a relajarse, poco después de llegar a su primer baile, y de que se olvidara por completo de su anterior nerviosismo. Era lo bastante realista como para saber que, con Ophelia allí, jamás podría captar la atención de los caballeros jóvenes y, por ello, renunció a intentarlo siquiera. Y, en cuanto se relajó, pudo ser ella misma en lugar de la ratita. rígida y tímida que se había sentido hasta entonces.

A Sabrina le gustaba reírse tanto como a cualquiera y se esforzaba por hacer reír a los demás. Podía ser muy seria, pero también tenía una vena divertida. Poseía el don de animar a las personas que estaban de peor humor. Con dos tías gruñonas que se pasaban la vida riñendo, había tenido muchos años para perfeccionar su técnica y le costaba muy poco poner fin a sus disputas cuando decidía intervenir.

Los caballeros que la sacaron a bailar aquella noche tenían como único objetivo hacerle preguntas sobre Ophelia y su prometido. Pero, como aún no conocía muy bien a su amiga, y nada en absoluto a su prometido, Sabrina apenas pudo responderles. No obstante, los hizo reír. Hubo quienes la volvieron a sacar a bailar precisamente por eso, porque era divertida. Y durante la velada hubo incluso un momento en el que tres jóvenes quisieron bailar con ella al mismo tiempo.

Lamentablemente, Ophelia se dio cuenta…

 

 

 

 

3

 

 

 

Ophelia se hallaba en el otro extremo del salón de baile junto a tres de sus mejores amigas. Bueno, dos amigas y una muchacha que secretamente la despreciaba, pero era reacia a alejarse del círculo de su popularidad. Las tres eran hermosas a su manera, aunque ninguna podía compararse con Ophelia. Tampoco la superaban en el escalafón social. Ella era la única que ostentaba el tratamiento de «lady», pues su padre era conde y los de sus amigas tenían títulos de menor prestigio. En cualquier caso, Ophelia no soportaba que ninguna mujer de su entorno destacara más que ella.

Ophelia no era consciente del desagrado que Mavis Newbolt sentía por ella. Puede que no le gustaran algunos de los comentarios sarcásticos o maliciosos de Mavis, pero jamás los atribuiría al desagrado. Después de todo, ¿cómo iba ella a desagradarle a nadie, con lo popularísima que era?

Y sabía que siempre gozaría de aquella popularidad. Nadie dudaba que sería la reina del año y podría escoger entre los solteros más codiciados de la ciudad. Así era. Todos la adoraban. Pero ¿de qué le servía cuando sus padres habían permitido que el marqués de Birmingdale los engatusara con su maldito título?

Odiaba al anciano Neville Thackeray por haber pensado en ella. ¿Por qué había tenido que elegirla para su nieto? ¿Solo porque en un tiempo su madre había vivido cerca de él y, por lo tanto, tenía la impresión de conocerla personalmente? ¿Por qué no podía haber elegido a la poco atractiva Sabrina en lugar de a ella, quien, por otra parte, seguía viviendo cerca de él? Naturalmente, Ophelia sabía por qué habían descartado a Sabrina como esposa para el heredero de Birmingdale.

Conocía la historia de los Lambert gracias a su madre. Con toda seguridad, aquellos que hubieran ido a Yorkshire la habían oído en una u otra ocasión, aunque se tratara de un viejo rumor y la mayoría lo hubiera olvidado.

Sus padres eran unos necios. Ophelia podría haber aspirado a un duque. Las bellezas como ella no eran frecuentes. Pero se habían conformado con un simple marqués. No obstante, ella no iba a hacerlo. Estaba decidida a impedir su matrimonio con el heredero de Birmingdale. Por Dios, ni siquiera era inglés; al menos no lo era del todo. No le sorprendía que el marqués se creyera en el deber de elegir esposa para su nieto, a pesar de vivir en una época en la que ya apenas se oía hablar de matrimonios concertados. ¡Su nieto se había criado entre brutos!

Se estremeció de solo pensarlo. Y si avergonzarlo no surtía efecto, ni demostrarle que lo único que obtendría de ella es su profundo desprecio, tendría que pensar en alguna otra forma de deshacerse de él. Fuera como fuese, antes de que acabara el año tendría otro prometido, uno elegido por ella. No tenía la más mínima duda.

No obstante, precisamente en aquel momento, Ophelia estaba observando a la invitada más joven de su madre y le desconcertó durante un segundo ver a aquellos caballeros rondando a Sabrina, cuando deberían estar esperando turno para bailar con ella.

Como en aquel momento no había ningún hombre que pudiera oírla, dijo lo que pensaba sin preocuparse por el efecto que causaría, y lo que estaba viendo en el otro extremo del salón la sorprendía lo suficiente como para hacerlo.

‑¿Habéis visto? ‑dijo Ophelia, dirigiendo la atención de las otras muchachas hacia Sabrina y los tres hombres que hablaban con ella‑. ¿Qué puede estar diciéndoles para tenerlos tan encandilados?

‑Es tu invitada ‑observó Edith Ward en tono conciliador, haciéndose cargo de los celos de su amiga e intentando apaciguarlos. Las tres muchachas habían sufrido en carne propia los celos injustificados de Ophelia‑. No cabe duda de que solo quieren hablar con ella sobre ti.

Ophelia estaba empezando a calmarse cuando Mavis dijo con pretendida inocencia:

‑A mí me parece que le han salido unos cuantos admiradores, aunque lo cierto es que no me sorprende. Tiene unos ojos preciosos.

‑Esos ojos tan especiales apenas le sirven de nada, Mavis, siendo tan corriente en todo lo demás ‑respondió Ophelia con brusquedad.

Pero enseguida lamentó la dureza de su tono. Podría parecer celosa y no lo estaba, naturalmente.

 

Así que añadió, con lo que pensaba que era un suspiro sincero pero que pareció más bien un bufido:

‑Siento verdadera lástima por ella, pobrecilla.

‑¿Por qué? ¿Porque no es guapa?

‑No solo por eso, sino también porque hay sangre mala en su familia. Oh, querida. No debería haberlo mencionado. Esto debe quedar entre nosotras. A mi madre le daría un patatús. Después de todo, lady Hilary Lambert es amiga suya.

Como las tres muchachas sabían que en aquellos momentos Ophelia estaba bastante disgustada con su madre, entendieron que la última parte de la frase sobraba. A ella no le importaría en lo más mínimo que a su madre le diera un patatús. Aunque, bien pensado, la advertencia de que no repitieran lo que iba a contarles también sobraba, pues a las otras dos muchachas les encantaban los chismorreos, al igual que a sus respectivas madres, y sin duda iban a contarles con pelos y señales todo lo que oyeran. Mavis encontraba deplorables los cotilleos, pero en la alta sociedad no había más remedio que estar al corriente de todos.

‑¿Sangre mala? ‑preguntó Jane Sanderson con avidez‑. ¿Estás hablando de incesto?

Dio la impresión de que Ophelia pensaba en ello durante unos instantes, pero descartó aquel rumor en particular, pues dijo:

‑No, peor que eso, en realidad.

‑¿Qué puede ser peor…?

‑No, en serio. Ya he dicho demasiado ‑protestó débilmente.

‑¡Ophelia! ‑exclamó Edith, la mayor de las cuatro‑. No puedes dejarnos en ascuas de esta forma.

‑Oh, está bien ‑se lamentó Ophelia, como si estuvieran sacándole la información a la fuerza cuando, en realidad, nada podría haberla disuadido de contarlo todo‑. Pero esto debe quedar entre nosotras, y únicamente os lo cuento porque sois mis mejores amigas y confío en que no lo divulgaréis.

Prosiguió en un susurro. Las dos muchachas que eran realmente amigas suyas tenían los ojos abiertos de forma desmesurada cuando ella terminó su relato. Mavis, que la conocía de sobra, no sabía si creerla o no. Ella sabía que Ophelia no tenía remilgos a la hora de mentir si creía que con ello iba a conseguir lo que deseaba. Y lo que en aquel momento deseaba, al parecer, era negarle a Sabrina Lambert cualquier oportunidad de encontrar esposo en Londres.

Aquella velada, dos personas fueron puestas en la picota, y las dos a manos de la misma mujer. Mavis sintió verdadera lástima por las dos, pues su único error era no gustarle a Ophelia. El heredero de Birmingdale podría sin duda capear el temporal. Ella estaba convirtiéndolo en el hazmerreír de Londres para que sus padres se sintieran tan avergonzados que desearan anular el compromiso de boda. Pero, con un título como el suyo y el extenso patrimonio que atesoraban, no tardaría en encontrar otra esposa.

Para Sabrina Lambert sería distinto. La sangre mala podía pasar a su descendencia, y ¿qué caballero se arriesgaría a casarse con ella en esas circunstancias? Era francamente grave. A Mavis le gustaba la muchacha de manera genuina. Era de trato agradable, una cualidad sencilla e inocente difícil de encontrar en Londres, y además era divertida en cuanto te tomaba confianza. Y Mavis se sentía parcialmente responsable por haber puesto a Ophelia en su contra al mencionar la peculiar belleza de sus ojos.

Disgustada, Mavis negó con la cabeza. Tendría que encontrar otro círculo de amigas, de eso no cabía duda. Ser amiga de Ophelia Reid era demasiado nocivo para su bienestar. Perra malévola y superficial. Mavis deseaba, lo deseaba de verdad, que Ophelia tuviera que acabar casándose con el heredero de Birmingdale. Le estaría bien merecido tener por esposo a un hombre que, por su culpa, era el foco de todas las burlas de Londres.

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Un comentario en “EL HEREDERO – JOHANNA LINDSEY

  1. hola MARA he leido un trozito de tu novela está muy interesante ,volveré a leer lo q queda ,ay pobre Mavis…weno chica es verdad aqui se hace buenas amistades aunque sólo hablemos por los coment;) dale un besote a Espe porq os conoceis ein person no? venga gracias pos visitarme sé q tb estás un besote cuidate agurrrr

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